La carne vacuna, uno de los alimentos más emblemáticos de la mesa argentina, volvió a registrar un fuerte aumento en marzo y consolida una tendencia que preocupa tanto por su velocidad como por su persistencia. Según el último informe del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna (IPCVA), el precio promedio subió un 10,6% respecto a febrero y alcanzó los $18.514 por kilo, en un contexto donde los incrementos ya superan ampliamente a la inflación.
El dato más contundente surge al observar la evolución interanual: en los últimos 12 meses, la carne aumentó un 68,6%, más del doble del 33,1% registrado por el índice general de precios. Se trata de una brecha que no solo refleja tensiones en la cadena productiva, sino también un deterioro directo del poder adquisitivo. Lejos de tratarse de un salto aislado, la suba de marzo profundiza una tendencia que ya se venía consolidando desde comienzos de año.
El incremento mensual duplicó los de enero y febrero, que habían sido del 4,8% y 4,9%, respectivamente. Y no fue homogéneo: los cortes más populares, los que suelen sostener el consumo cotidiano, fueron los que más aumentaron. La carne picada subió un 20,4%, la carnaza común un 17,7% y la falda un 13,4%. El pollo fresco registró un aumento mensual del 10,9% y un alza interanual del 49,1%, mientras que el pechito de cerdo subió un 6,3% en marzo y un 28,1% en el último año.
Sin embargo, la diferencia de precios entre proteínas se amplía: hoy, con lo que cuesta un kilo de asado se pueden comprar 3,92 kilos de pollo, un 22,8% más que el año pasado, o 2,08 kilos de cerdo, un 37,3% más que en 2025. Esta disparidad empieza a reconfigurar los hábitos de consumo en un país históricamente identificado con la carne vacuna. De hecho, en 2025 el consumo per cápita cayó a 47,3 kilos, el nivel más bajo en dos décadas, mientras los precios continúan marcando récords reales.
El aumento tampoco se distribuye de manera uniforme según el canal de venta. En las carnicerías, los precios subieron un 12,2% en marzo, mientras que en los supermercados el incremento fue del 7,1%. Esta diferencia expone las dificultades de los pequeños comercios para absorber costos en un contexto de alta volatilidad. Detrás de las subas aparecen factores estructurales que el sector arrastra desde hace años.
La menor oferta de hacienda, producto de la reducción del stock ganadero -afectado por sequías y decisiones anticipadas de venta-, se combina con precios internacionales firmes y una presión exportadora creciente. El resultado es un mercado interno tensionado, donde los precios encuentran pocos incentivos para retroceder. En ese sentido, el consultor ganadero Víctor Tonelli explicó que "el dato de marzo está impulsado por los ajustes que no se trasladaron a precios de febrero y primeras semanas de marzo".
Y agregó: "Los matarifes siempre demoran en trasladar precios por si llega a bajar, pero en febrero y marzo no tuvieron chances". Desde el sector también advierten sobre un estancamiento de fondo. Leonardo Rafael, presidente de CAMyA, sintetizó el problema en una frase: "Tenemos las mismas 50 millones de cabezas que hace 50 años". La falta de crecimiento en el stock, sumada a la ausencia de políticas sostenidas, limita la capacidad de respuesta ante la demanda.
En ese marco, las propuestas para revertir la situación apuntan a medidas de largo plazo: aumentar el peso de faena, garantizar reglas de juego previsibles y ampliar el acceso al crédito para fomentar inversiones. Sin embargo, estos cambios requieren tiempo y decisión política, dos variables que hoy no logran traducirse en soluciones concretas para el consumidor.