La trama sigue a un actor que, tras sufrir una desfiguración facial, recurre a una científica interpretada por Ackie, quien transforma su cuerpo en arcilla. La producción está a cargo de James Gunn y Peter Safran, a través de DC Studios, con la participación de Matt Reeves y Lynn Harris.
Y hay algo que, de entrada, vuelve interesante a este proyecto: Clayface no necesita ser el villano más poderoso de Gotham para convertirse en uno de los más perturbadores, convirtiéndose en un monstruo que da miedo por razones muy humanas.
Para quienes conocen los cómics de Batman, Clayface es mucho más que una figura capaz de modificar su apariencia. Detrás de ese rostro cambiante existe una historia atravesada por la identidad, la obsesión y la tragedia. Es un personaje que puede provocar rechazo, pero también despertar cierta empatía por mas que sea un villano para el legendario Batman; ese es precisamente el terreno en el que la película puede encontrar su mayor fortaleza. Porque el terror funciona de otra manera cuando aquello que nos horroriza no es una criatura que aparece de la nada, sino alguien que se va convirtiendo, lentamente, en algo que ya no reconoce.

La deformación física puede ser impactante, pero la verdadera pesadilla está en otra parte: ¿qué sucede cuando el cuerpo deja de responder a nuestra voluntad? ¿Qué queda de una persona cuando su rostro, su identidad y su propia humanidad empiezan a desaparecer? Son preguntas que permiten imaginar una película mucho más incómoda que la típica historia de héroes y villanos.
Si hay un elemento que puede diferenciar a Clayface de otras producciones de superhéroes, es su potencial para explorar el llamado body horror, ese subgénero que convierte al cuerpo humano en el escenario de una transformación desagradable, grotesca y profundamente perturbadora. La idea de ver cómo una persona pierde el control de su propia apariencia tiene una fuerza visual enorme y si la película se anima a explotar ese concepto sin suavizarlo para hacerlo más comercial, podría ofrecer algunas de las imágenes más inquietantes del universo cinematográfico de DC con una proyección apta para mayores de 17 años.

Pero hay una condición: no alcanza con mostrar una cara que se derrite o un cuerpo que se deforma. El impacto visual tiene que estar acompañado por una historia que nos haga sentir que detrás de cada transformación hay algo que se está rompiendo; de lo contrario, el resultado corre el riesgo de convertirse en una sucesión de imágenes desagradables sin demasiado peso dramático, y por suerte en este caso el director James Watkins logra darle el sentido correspondiente.
DC necesita algo más que superhéroes y con esta producción va tomando forma, ya que los villanos también tienen una historia que contar; la apuesta también resulta interesante por lo que representa para DC, ya que durante años, las adaptaciones de cómics encontraron su principal atractivo en los enfrentamientos espectaculares, los grandes villanos y las amenazas capaces de destruir el mundo. Sin embargo, personajes como Clayface permiten explorar otro camino, simplemente acá no hace falta que alguien salve al planeta. El conflicto puede ser mucho más íntimo, oscuro y desesperante, abriendo una oportunidad para que DC se acerque al terror desde una perspectiva diferente, sin depender necesariamente de la fórmula tradicional del cine de superhéroes que ya todos vimos en la gran pantalla.
Mi opinión: la clave no está en el monstruo, sino en la transformación. Lo que más me interesa de Clayface es que tiene el potencial de incomodar de verdad (muy parecido a la película "La Sustancia"). No por la cantidad de sangre que pueda mostrar ni por lo grotescas que resulten sus imágenes, sino por la posibilidad de construir una historia en la que el horror sea también emocional y que abra paso a que un villano pueda irse desarrollando a fuego lento pero seguro. Es una clara apuesta más que interesantes de DC y el género.

Clayface tiene una oportunidad enorme de salirse del molde y demostrar que los personajes de historieta pueden protagonizar historias de terror sin perder su identidad. El concepto invita a una experiencia visual inquietante, pero también a un relato sobre la obsesión, el rechazo y el miedo a dejar de ser uno mismo, porque, a veces, el monstruo más aterrador no es el que se esconde debajo de la cama, sino el que aparece frente al espejo.
Otro de los puntos fuertes de la película es la actuación de Tom Rhys Harries interpreta a Matt Hagen ( Clayface) junto a Naomi Ackie y Max Minghella.
Clayface consigue convertir la idea en una verdadera pesadilla cinematográfica, DC encontró en uno de sus villanos menos convencionales una de sus apuestas de terror más atractivas.