La dificultad de los ex detenidos desaparecidos de contar su historia siempre acarreó miedos por la exposición que significa, mientras muchos de los integrantes de los grupos de tarea al servicio del genocidio y el plan de exterminio que ejecutó la última dictadura militar, siguen en libertad. En esta época hay que sumar otro elemento que atenta contra los relatos de estas experiencias: el negacionismo explícito por parte del gobierno de La Libertad Avanza (LLA).
Carlos Loza era un militante de la Administración General de Puertos que se hizo a la lucha en aquellos años '70 en los cuales las asambleas en los lugares de trabajo y la democracia sindical clasista fueron el principal objetivo de una represión desmedida que, ya en los años previos de democracia, había terminado con la inmensa cantidad de militantes de las organizaciones armadas.
Una tarde del jueves 16 de diciembre de 1976, todo cambió para él. "Nosotros estábamos reunidos con dos compañeros más que eran delegados y otro compañero más que era del comité de puerto del Partido Comunista (PC). Nos detuvieron. Nos golpearon muy poco: un culatazo o alguna patada, pero nos pusieron contra la pared y ahí estuvimos muchísimo tiempo, muchísimas horas. Hasta que casi a la medianoche nos llevaron a la Comisaría 30 de Barracas", relató ante BigBang.
"A la madrugada nos llevan a los cuatros amontonados detrás de un vehículo que parecía ser una ambulancia. Nos llevan al sótano, nos siguen interrogando a pesar de que ellos sabían que estábamos en un local del PC -que no tendríamos que haber estado- y nos acusaban de haber participado en la bomba que pusieron el día anterior, el 15 de diciembre del '76, en el Ministerio de Planeamiento", recordó.

Una vez en la Comisaría la tortura comenzó: "Nos pusieron las esposas y los grilletes. Nos pegaban continuamente: en el estómago, en los testículos. A Rodolfo le hicieron un simulacro de fusilamiento. Él estaba sentado al lado mío y se la bancó ahí. Decían que nos iban a fusilar, que lo estaban apuntando, le sacan el seguro al arma, nosotros sentimos el ruido, disparan y dice: 'Esta vuelta te salvaste porque no tenía balas'".
"Era un simulacro para aterrorizarnos más, crear inestabilidad, porque el objetivo de desestabilizarnos completamente era la pérdida de noción del espacio y el tiempo, que son las referencias que uno tiene. Dónde estoy y en qué momento estoy. Uno pierde esas referencias y no tiene anclaje para pararse. Eso está estudiado", explicó Loza. "Sabíamos que de ahí no íbamos a salir con vida, que no había ninguna posibilidad de salir con vida de ahí", añadió.
Al mismo tiempo, todavía no tenían certezas de qué sucedía con los desaparecidos. "Sabíamos que había compañeros que habían caído, pero no sabíamos si estaban en cárceles, en comisarías. Esto nunca lo imaginamos. Sí estábamos seguros de que eso era imposible que pasara. Los golpes, la tortura y después a la cárcel. El raje del laburo y eso eran las opciones que uno manejaba cuando estábamos en la Comisaría 30", reveló Loza.
Tras esa experiencia fue trasladado a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el principal centro de detención que operó durante la dictadura. "Nos llevan a 'la huevera', que se le decía así porque tenía los envases de huevos para amortiguar los gritos. Ahí nos pegaron con todo hasta que prácticamente quedamos desmayados, porque no recordamos más nada. Sin decir nada, simplemente golpes, la sesión era eso. Y después nos llevaron a lo que se conoce como 'capucha', hasta que se decidía lo que iban a hacer con cada uno de nosotros", relató Loza. "Ahí era estar las 24 horas pendiente de que nos golpearan. Ya sea pateándonos o insultándonos", agregó.

"El golpe de Estado no fue un capricho militar o militares que se levantaron borrachos o con bronca. No, fue un plan que venía desde hace muchos años y que se acentuó con la intensidad de la lucha de parte de los trabajadores. Fundamentalmente ahí llegan a la conclusión de que no iban a poder detener ni con la burocracia sindical ni con un gobierno constitucional, porque los compañeros ya venían en cárceles desde fines de los '60 y salieron con el '73. Se formaban más, al contrario. En las cárceles debatían entre diferentes organizaciones y se fue generando una solidaridad", graficó Loza sobre los orígenes de la dictadura.
"Una tarde del miércoles 22 una voz nos dice: 'Yo soy un preso como ustedes, ustedes van a quedar en libertad porque tienen la capucha blanca'. Efectivamente nos habían cambiado la capucha y esa capucha blanca decía con un fibrón 'posible franco'", señaló. "Lo único que teníamos era la palabra de la verdad que nos sostenía con vida. Porque muchos de los desaparecidos, que algunos lo hemos declarado y otros no, pero todos queríamos que nos mataran lo más rápido posible para dejar de de padecer esta inseguridad, esta tortura psicológica de no saber qué va a pasar un segundo después", confesó.
La experiencia de Carlos Loza es una más de todas las que pasaron por la ESMA. Algunos lo pudieron contar como él, pero hubo miles que se fueron de allí en los vuelos de la muerte. En la Argentina hubo 30.000 desaparecidos, una cifra que más allá de las polémicas que pueda generar, es una denuncia abierta a que digan dónde están, qué hicieron con ellos, dónde quedaron los bebés secuestrados. Todas incógnitas que quienes ejercieron el terrorismo de Estado eligen llevarse a la tumba, con un gobierno que los considera héroes y no genocidas.

