¿Y si el problema no fuera el beso? ¿Y si detrás de ese gesto que alguna vez parecía espontáneo, natural y casi instintivo se escondiera una dificultad mucho más grande para vincularnos? En tiempos de aplicaciones de citas, conversaciones eternas por WhatsApp, vínculos que empiezan con un match y redes sociales que muestran vidas aparentemente perfectas, la intimidad cara a cara parece haberse convertido en un territorio cada vez más incómodo. Y el beso, lejos de ser apenas un gesto romántico, puede transformarse en una verdadera prueba de vulnerabilidad.

Para la psicóloga Débora Pedace (MN 56404 - MP 98524), hablar de una supuesta "crisis del beso" puede resultar atractivo, pero el fenómeno es bastante más profundo:"Yo creo que la llamada 'crisis del beso' es, en realidad, la punta del iceberg de algo mucho más profundo: una dificultad creciente para conectar". Según explica, besar supone mucho más que acercarse físicamente a otra persona: implica exponerse, interpretar señales y aceptar que no se puede controlar completamente la respuesta del otro. "El beso implica cercanía, vulnerabilidad, presencia y lectura del otro", destacó.
Y justamente esas cuatro palabras parecen chocar con una época en la que gran parte de los vínculos pueden administrarse desde una pantalla. Una de las claves está en la diferencia entre relacionarse digitalmente y hacerlo cara a cara. En WhatsApp hay tiempo para pensar. Se puede borrar una respuesta, cambiar una palabra, esperar unos minutos y volver a escribir. En un beso, no. "Porque besar no tiene botón de 'editar'. En una conversación por WhatsApp puedo pensar la respuesta, borrarla, volver a escribirla. En un beso no", destacó la profesional.
Para Pedace, esa imposibilidad de controlar el resultado puede despertar una enorme ansiedad en quienes tienen miedo al rechazo: "Hay un encuentro real y una posibilidad concreta de que el otro no responda como yo esperaba". Entonces aparece una pregunta que puede transformar un momento de intimidad en una especie de examen personal: "¿Le voy a gustar?", "¿Lo estaré haciendo bien?", "¿Y si no quiere?". El problema, advierte la especialista, surge cuando dejamos de vivir el encuentro y comenzamos a evaluarnos permanentemente.

La psicóloga evita hablar de una generación con "menos herramientas" para seducir. En realidad, sostiene, son herramientas diferentes. El problema aparece cuando algunas capacidades vinculadas al contacto presencial dejan de ejercitarse. "El problema es que algunas habilidades que se desarrollan en el contacto cara a cara -leer una mirada, registrar el silencio, interpretar una distancia corporal, tolerar un momento incómodo- necesitan práctica", explicó.
Así, alguien puede ser perfectamente capaz de sostener durante horas una conversación digital y, sin embargo, sentirse completamente perdido cuando tiene enfrente a la persona con la que estuvo hablando durante semanas. "Podemos volvernos muy hábiles para conversar digitalmente y, al mismo tiempo, sentirnos bastante inseguros frente a la presencia real del otro", añadió.
La pantalla aporta información, pero también elimina una parte fundamental del lenguaje humano: los gestos, las pausas, la postura, la distancia física y las miradas: "La pantalla nos da información, pero nos quita muchísimo contexto". Las aplicaciones de citas prometieron ampliar las posibilidades de encontrar pareja. Y lo hicieron. Pero, según Pedace, esa abundancia también puede tener un efecto inesperado: hacer más difícil elegir. "Cantidad no es sinónimo de conexión", dijo.
Con cientos de perfiles disponibles, la pregunta puede dejar de ser "¿qué puedo construir con esta persona?" para convertirse en "¿será esta la mejor opción que tengo?". La lógica del swipe puede terminar convirtiendo el vínculo en una suerte de catálogo. "Cuando tenemos demasiadas opciones, podemos empezar a evaluar a las personas como productos: este tiene esto, aquel tiene aquello, este me gusta más, aquel menos", expresó.
Y ahí aparece una trampa: creer que la persona indicada debería aparecer inmediatamente, sin esfuerzo, sin contradicciones y prácticamente sin margen para el descubrimiento. "La persona 'perfecta' probablemente no aparezca con un swipe; muchas veces la conexión se construye después de varios encuentros". Otro de los grandes contrasentidos de la época es que tener una agenda llena de chats no significa necesariamente sentirse acompañado. "La soledad no es solamente ausencia de personas; también puede ser ausencia de conexión significativa", insistió.

Una persona puede conversar durante todo el día, recibir mensajes constantemente y, al mismo tiempo, sentir que nadie realmente la conoce: "Estar permanentemente comunicados no garantiza sentirnos acompañados. A veces tenemos mucha interacción y muy poca intimidad". Por eso, para la especialista, el problema no es necesariamente la tecnología. El verdadero desafío está en lo que ocurre cuando la tecnología comienza a reemplazar experiencias que necesitan presencia.
Para Padece, "el beso puede sentirse, paradójicamente, mucho más íntimo". El sexo puede estar atravesado por el deseo, la fantasía e incluso cierta planificación. El beso, en cambio, muchas veces sucede en un instante cargado de incertidumbre. "El beso, en cambio, muchas veces ocurre en ese instante previo en el que todavía no sabemos qué somos para el otro". Y entonces aparecen las preguntas: "¿me desea?, ¿me va a rechazar?, ¿estamos sintiendo lo mismo?".
La conclusión de la psicóloga es contundente: "Muchas veces no tenemos miedo al beso en sí; tenemos miedo de lo que ese beso pueda significar. Cada vez toleramos menos el error y la incomodidad. Queremos saber antes de actuar qué va a pasar. Para vincularnos necesitamos asumir cierto riesgo emocional. No intentarlo evita el rechazo, pero también evita la posibilidad de encuentro".
Así, el miedo puede terminar ofreciendo una falsa sensación de tranquilidad: si no me acerco, nadie puede rechazarme. Pero tampoco nadie puede conocerme. "La pandemia profundizó algo que ya estaba ocurriendo", sostuvo y explicó que la necesidad de permanecer en casa hizo que muchas actividades pasaran a resolverse mediante pantallas y redujo durante un tiempo el contacto físico y la espontaneidad. "Y el cuerpo también aprende hábitos", señaló.
Por eso, volver a exponerse socialmente después de largos períodos de aislamiento pudo generar ansiedad. "No creo que la pandemia explique todo, pero sí fue un acelerador de ciertos cambios vinculares que ya estaban en marcha". A la dificultad para conectar se suma otra presión: la comparación permanente. "Porque uno entra a Instagram y parece que todo el mundo está enamorado, deseado y teniendo una vida sexual espectacular", ghraficó.

El problema es que las redes muestran una versión editada de la vida ajena, mientras cada persona compara esas imágenes con su propia vida completa: con dudas, fracasos, inseguridades y momentos de soledad. "Entonces aparece una sensación de déficit: 'todos están viviendo algo que yo no´. Las redes pueden convertir el vínculo en una especie de competencia permanente".
En medio de este escenario, Pedace también pone en cuestión la idea de que estar soltero sea necesariamente un problema. "Estar solo no es necesariamente un fracaso", analizó e, incluso, consideró que aprender a estar bien con uno mismo puede ser fundamental para construir una relación saludable. "Una cosa es decir 'prefiero estar solo hasta encontrar un vínculo que tenga sentido para mí' y otra muy diferente es decir 'mejor no necesito a nadie porque vincularme es demasiado riesgoso'".
También cambiaron los escenarios donde históricamente surgían romances, como los boliches: "Creo que está reduciendo oportunidades de encuentro espontáneo". Los bares, boliches y otros espacios permitían conocer a alguien sin tener previamente toda la información sobre esa persona. Hoy, en cambio, muchas veces el encuentro llega después de haber visto fotografías, leído perfiles, revisado intereses y hasta conversado durante días. "Hoy muchas veces llegamos al encuentro con una cantidad enorme de información previa". Eso puede facilitar las cosas, pero también quitarles una cuota de misterio. "El romance necesita algo de incertidumbre, de juego, de descubrimiento".

Finalmente, hay un protagonista que aparece en prácticamente todos los vínculos: el teléfono. "En muchísimos casos, sí". Pero Pedace aclara que el problema no es demonizar al celular, sino entender que compite permanentemente por nuestra atención. "Podemos estar sentados frente a la persona que queremos y, al mismo tiempo, estar emocionalmente en otro lugar". Y ahí aparece, quizás, una de las claves de toda esta discusión: la atención también es una forma de intimidad. "A veces no necesitamos pasar más tiempo juntos: necesitamos estar realmente presentes cuando estamos juntos", destacó y concluyó: "El gran desafío actual no es solamente aprender a desconectarnos del celular, sino volver a conectarnos con quien tenemos enfrente".

