La detención de la madre de una niña de dos años fallecida en Villa Gesell volvió a poner en el centro de la escena un trastorno psicológico tan infrecuente como complejo: el síndrome de Munchausen por poder, una conducta en la que el cuidador provoca, exagera o inventa enfermedades en un niño para obtener atención o reconocimiento. El caso tomó mayor relevancia luego de que una abogada que intervino durante años en expedientes de familia asegurara que la mujer había recibido ese diagnóstico en el Hospital Materno Infantil de Mar del Plata. Aunque esa referencia forma parte del contexto de la investigación judicial y será la Justicia la que determine las responsabilidades penales, el episodio reabrió el debate sobre una patología que suele pasar inadvertida durante años.

En diálogo con BigBang sobre el tema, el licenciado en Psicología Alexis Alderete (MP 85367) explicó cuáles son las principales diferencias entre un padre genuinamente preocupado y una persona que padece este trastorno. Para Alderete, el punto central no está en el miedo inicial que puede sentir cualquier padre frente a una enfermedad, sino en la reacción posterior. "Hay que diferenciar en el miedo esperable y racional ante una noticia de enfermedad brindada por los profesionales de la salud y la actitud que se toma frente al diagnóstico brindado", explicó.
Y marcó una diferencia determinante entre ambos escenarios: "Padre/madre ante una noticia de enfermedad: Siente un temor real a que su hijo esté enfermo. Se tranquiliza cuando los estudios dan bien y el médico descarta peligro. Busca desesperadamente el bienestar de su hijo". En cambio, explicó que en el síndrome de Munchausen por poder ocurre exactamente lo contrario. "Padre o madre con Munchausen: Se incomoda o frustra si los estudios dan normales o si el alta médica es inminente. Necesita sostener la enfermedad. Su 'preocupación' no busca el alivio del niño, sino la validación de la enfermedad", destacó.
El psicólogo señaló que existen indicadores que, cuando aparecen de manera conjunta, pueden llamar la atención del equipo médico. Entre ellos mencionó: "Síntomas que aparecen cuando el adulto está a solas con el niño; Tratamientos médicamente correctos que no surten ningún efecto o provocan reacciones insólitas y remisión o desaparición mágica de los síntomas cuando el niño es separado temporalmente del adulto responsable de su cuidado". Sin embargo, aclaró que la detección suele ser extremadamente compleja. Uno de los aspectos más difíciles de comprender es por qué estos casos, cuando efectivamente existen, pueden prolongarse durante años.

Alderete sostiene que existe un fuerte condicionamiento social. "Porque todos los seres humanos tendemos a la presunción de la devoción materna. Médicos, enfermeros y familiares parten de que una madre nunca le haría daño deliberado a su hijo. Además, estas personas suelen ser muy manipuladoras, empáticas y colaborativas con el personal de salud, lo que enceguece la sospecha", expresó.
Esa imagen de madre dedicada, explicó, puede retrasar durante mucho tiempo la aparición de sospechas. Desde el punto de vista psicológico, Alderete afirmó que suelen existir antecedentes complejos. "Cuando se investiga o se ahonda en la historia de la persona con el síndrome suelen descubrirse traumas a temprana edad, trastornos de personalidad o dinámicas relacionales patológicas. La enfermedad del hijo se convierte en el vehículo para obtener atención, validación, estatus social y contención afectiva que la persona no sabe conseguir de otra manera", detalló.
Según explicó, si la conducta no recibe tratamiento ni intervención, el patrón puede repetirse. "Si la dinámica que tiene un padre con sus hijos no es detectada e intervenida, el patrón se repite de manera crónica. Ya que el progenitor tiene una certeza de que su comportamiento es correcto sin importar su hijo o los hijos que tenga, hay un mal aprendizaje de que puede obtener atención realizando estas conductas, al fallecer su hijo va a volver a repetir su patrón de conducta", remarcó.

Alderete también advirtió sobre un aspecto central: diagnosticar este trastorno requiere mucho más que una evaluación psicológica aislada. "Jamás alcanza con una entrevista psicológica. La persona con Munchausen suele presentar un discurso y comportamiento sobreadaptado al entorno, donde parece una madre perfecta, amorosa y abnegada. Se requiere indefectiblemente un abordaje interdisciplario que cruce la evidencia médica objetiva, los informes de laboratorio, las observaciones del equipo de enfermería y las pericias psicológicas y psiquiátricas en profundidad", señaló.
Por eso, remarcó que este tipo de cuadros exige el trabajo conjunto de médicos, psicólogos, psiquiatras, enfermeros y peritos especializados. Cuando las víctimas sobreviven, las consecuencias psicológicas suelen ser profundas. El especialista explicó que uno de los daños más importantes es la ruptura del vínculo básico de confianza."Trauma complejo y de apego: La persona que debía protegerlos es quien los agredía. Hay una ruptura total de la confianza básica hacia los adultos que vayan a cuidarlos en un futuro, se debe lograr la confianza en los vínculos futuros. Que quien los cuida no les vaya a generar un daño", explicó.

Pero las secuelas no terminan allí. "Falsa identidad de enfermo: Niños que crecen asumiéndose inválidos, con altos niveles de ansiedad, somatizaciones, depresión y trastorno de estrés postraumático (TEPT) en la adultez", añadió. Mientras la Justicia intenta reconstruir qué ocurrió con la niña fallecida en Villa Gesell y determinar si existió responsabilidad penal por parte de su madre, la explicación de los especialistas permite comprender la complejidad de un trastorno poco frecuente, difícil de detectar y con consecuencias devastadoras para las víctimas. Al mismo tiempo, los expertos insisten en una aclaración fundamental: el eventual diagnóstico de síndrome de Munchausen por poder no determina por sí mismo la responsabilidad de una persona en un hecho delictivo, cuestión que debe ser establecida exclusivamente en el ámbito judicial.