El Trébol, en el departamento San Martín, Provincia de Santa Fe, nació al calor de la expansión ferroviaria y la inmigración. La fecha fundacional fue el 15 de enero de 1890, cuando llegó el primer tren del ferrocarril central argentino. Pero su historia se formó con tres poblaciones: Pueblo Passo, surgido en 1889; El Trébol, en 1890; y Tais, en 1892. En 1894 fueron unificadas bajo el nombre de El Trébol en homenaje al símbolo de Irlanda.
Pero hay noticias que, aunque se anuncian con tiempo, duelen desde el primer día. La empresa Savencia comunicó este miércoles a los trabajadores el cierre de la planta láctea de El Trébol, ex Williner-Ilolay, previsto para el 31 de marzo de 2027. La fábrica procesa alrededor de 130.000 litros de leche por día.

Savencia, compañía de capitales franceses, adquirió la planta en 2023. En ese momento trabajaban allí alrededor de 80 personas y desde entonces la dotación se fue reduciendo hasta los actuales 54 empleados. En el establecimiento continúa elaborándose el tradicional queso Tibo.
En un pueblo de 12 mil habitantes, les avisaron que dentro de seis meses los 54 trabajadores de la planta dejarán de tener empleo, y eso equivale no solo a 54 personas sin sueldo, si no también a 54 familias que deberán empezar a preguntarse cómo seguir, porque detrás de cada puesto de trabajo hay una mesa familiar, una cuota que pagar, un alquiler, una heladera que llenar, chicos que van a la escuela, medicamentos, combustible, ropa y proyectos que se suspenden hasta nuevo aviso. Una cuenta regresiva cruel de seis meses.
Ante el cierre anunciado, Savencia presentó distintas alternativas para los empleados de la planta, entre las que se encuentran retiros "voluntarios" e indemnizaciones, además de la posibilidad de continuar trabajando en otras instalaciones de la compañía.
Según se informó durante la reunión, entre los posibles destinos laborales figuran las plantas que la firma posee en Las Parejas y Rafaela, a 140 y 60 kilómetros de distancia respectivamente.

En un pueblo, a diferencia de una gran ciudad, las consecuencias de una crisis laboral se sienten rápidamente. El trabajador que deja de cobrar es también el cliente de los comercios. Es quien consume, compra, repara, sale a comer, paga servicios y sostiene, muchas veces sin saberlo, una parte de la economía local. Entonces menos compras significan menos ventas.
Desde ahora, en cada casa habrá un solo tema de conversación inevitable. ¿Qué hacemos si llega el despido? ¿Hay otro trabajo? ¿Hay que viajar? ¿Hay que mudarse? ¿Los chicos tienen que cambiar de escuela? ¿Conviene esperar o empezar a buscar una salida antes de que llegue el último día? Las preguntas no tienen una respuesta rápida, y a veces no tienen ninguna.
Por eso, la noticia no debería leerse solamente como una lista de 54 nombres. Son 54 historias, 54 hogares, 54 padres que, desde ahora, saben que tienen seis meses para encontrar una respuesta. Y también es la historia de un pueblo que mira el calendario con preocupación.
Todavía quedan seis meses, tiempo para buscar alternativas, generar inversiones, encontrar nuevos mercados, promover actividades productivas o construir soluciones que eviten que una decisión empresarial termine transformándose en una crisis social. Pero el reloj ya empezó a correr...