La deuda no impacta de la misma manera en todas las personas. En la Argentina de Javier Milei, las mujeres jóvenes aparecen como uno de los grupos más expuestos a la morosidad, con ingresos bajos, empleos informales y menor capacidad para afrontar gastos imprevistos.
Un análisis del Centro de Estudios de la Ciudad, elaborado a partir del Mapa de la Deuda y con información actualizada a julio, reveló que las mujeres menores de 25 años son quienes registran las tasas más preocupantes de incumplimiento. En todo el país, el 38,25% de las jóvenes de esa franja tiene deudas que no pueden pagar.
El universo alcanza a 784.172 mujeres, de las cuales 311.087 registran atrasos en sus pagos. La deuda promedio de ese grupo es de $1.020.000, mientras que entre quienes ya se encuentran en mora el monto llega a $987.660.

Los varones de la misma edad también enfrentan una morosidad elevada, aunque algo menor: 37,1% a nivel nacional. La diferencia puede parecer pequeña, pero se vuelve significativa cuando se la analiza junto con las desigualdades laborales, salariales y de acceso al crédito que atraviesan a las mujeres desde muy temprana edad.
No es novedad que el promedio general de morosidad en la Argentina fue del 17,94% en julio pero si se hace una comparación con los daros del Centro de Estudios de la Ciudad, toma una triste relevancia: las jóvenes menores de 25 años más que duplican esa tasa. El problema no reside únicamente en cuánto deben, sino en la dificultad concreta que tienen para cumplir con los pagos y salir de una situación de atraso.
La deuda de las mujeres jóvenes representa una porción relativamente pequeña del total nacional. Las 311.087 deudoras morosas acumulan $307.248 millones, equivalente al 1,78% de los $17,23 billones de deuda en mora registrados en la Argentina durante julio.
Ese peso relativo no reduce la gravedad del fenómeno: el problema es que una proporción muy alta de mujeres jóvenes cae en mora con montos menores, muchas veces vinculados con créditos de consumo, tarjetas, billeteras virtuales o préstamos para resolver necesidades cotidianas como pueden ser la alimentación propia o la de sus hijos e hijas.
Así, el crédito no bancario también cumple un papel central ya que ese segmento representa menos del 10% del financiamiento total, pero concentra más de una cuarta parte de los pesos en mora y una cantidad de deudores morosos superior a la de los bancos. Las fintech aparecen con frecuencia entre los nuevos incumplidores, aunque su mora individual es menor que la de otras formas de crédito no bancario.
Qué significa que la pobreza tenga rostro de mujer
El concepto de feminización de la pobreza fue acuñado por la socióloga estadounidense Diana Pearce en 1978. Describe la sobrerrepresentación de las mujeres entre las personas pobres y excluidas, pero también las condiciones estructurales que hacen que tengan más dificultades para escapar de esa situación.

No se trata solamente de que haya más mujeres pobres; implica que ellas tienen menos acceso a ingresos propios, realizan una mayor cantidad de tareas de cuidado no remuneradas como cuidar hijos o familiares que atraviesan enfermedades, acceden a empleos más precarios y enfrentan barreras adicionales para estudiar, conseguir trabajo formal, acceder a créditos y reclamar derechos.
Las mujeres jóvenes llegan al sistema financiero desde una posición más frágil: suelen tener salarios menores, mayor informalidad laboral y menor estabilidad. Es por eso que los datos muestran que el problema no aparece al final de la vida laboral, sino al comienzo.

La cifra no habla de una supuesta falta de responsabilidad individual: en la Argentina de Javier Milei, miles de mujeres menores de 25 años ya enfrentan atrasos, intereses y deudas antes de haber podido construir ingresos estables o un patrimonio propio; cuando una chica joven pide un préstamo para sobrevivir y después no puede pagarlo, la deuda deja de ser una herramienta financiera: se convierte en otra forma de desigualdad.