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Fabio Lacolla, el psicólogo de los rockeros: egos, narcisismo y el post Cromañón

El músico forma parte de El Maldito, que lanzó su primer EP Uno entre diez mil.

por Matias Ayrala

10 Julio de 2021 08:00
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Hace más de un año y medio, Fabio Lacolla, Fer Mojito, Fernando Riou, Sony Lacolla y Ramón Galup decidieron reencontrarse en la música. Entusiasmados y haciéndole frente a la pandemia de coronavirus, fundaron El Maldito, y se pusieron a trabajar en el primer disco, que fue lanzado hace pocos días, y bautizaron Uno entre diez mil. 

Los tres primero eran parte de Los Mojitos y volvieron a reunirse una década después. Con influencias de Café Tacuva, El Mató o Natalia Lafourcade, la banda aguarda con ansías la vuelta a los escenarios y disfruta del lanzamiento del EP. 

Mientra tanto, Lacolla, que es escritor, psicólogo, bajista de la banda y autor del libro "Estar en banda, psicología del músico de rock" (Galerna, 2018), famoso por ser el “Psicólogo de los rockeros”, mantuvo una charla con BigBang y contó: “Es un disco bello, catártico y sumamente integrador. También para nosotros fue una manera de volver a visibilizarnos con la música y la oportunidad para volver a pisar un escenario cuando se pueda. El Maldito no tiene juicios estéticos a la hora de componer”.-¿Cómo vivís el lanzamiento de lo nuevo de El Maldito? 

-Es nuestro primer disco, salió hace algunos días y lo vivo muy bien. A pesar de ser una banda de rock fuimos bastante prolijos. El EP está en todas las plataformas, hicimos un clip de lanzamiento y estamos muy contentos porque todo lo que fue medio onírico en pandemia, terminó siendo en un estudio y con un disco que acabamos de sacar. Es decir, todo aquello que imaginábamos, lo terminamos concretando con Uno entre diez mil. 

-¿Cómo fue el trabajo en pandemia para la banda?

-Nos habíamos juntado dos o tres veces antes de la pandemia, en marzo del 2020, y de pronto se apagó la luz. Siempre digo la metáfora de que sentimos que quedamos atrapado en un ascensor y no sabíamos si íbamos a arrancar o no. Un poco fue eso. Nos empezamos a pasar material por celular. El cantante empezó a pasar las canciones, él pasaba la guitarra y la voz; yo los agarraba, los maqueteaba un poco, le metía el bajo, la guitarra y la batería, íbamos viendo y probando. Hicimos cuatro temas para este EP pero tenemos como 20. Y después de ahí, al estudio. Y eso también fue una linda experiencia porque fue muy relajado. Además con el estado de la sociedad, donde hace un año y medio la euforia quedó, prácticamente, olvidada. No me acuerdo lo que era la euforia.

-¿Y ese trabajo en el estudio de grabación habrá sido muy distinto a lo que conocían?

-Sí, por supuesto. Nosotros grabamos en los estudios de La Poda y tuvimos todos los protocolos necesarios. Además íbamos de a uno a grabar, no estábamos todos juntos. Entonces también jugábamos mucho eso. Sólo la vez que grabamos coros fuimos tres. Es una forma muy diferente de trabajo. Nos adaptamos y dentro de todo lo hicimos. Y también fue un modo de estar acompañados en la soledad pandémica. El estar en actividad, con un proyecto, la tarea, lo nuevo, el entusiasmo, eso nos hizo por pequeños segundos, olvidar el atravesamiento sanitario que teníamos. 

-¿Cuál es tu mirada del resultado del EP de la banda?

-Hace 10 años te hubiese contestado: “Las canciones nunca se terminan, se abandonan”. Pero a esta altura del partido, estoy más que bien. Soy escritor y me pasa con la escritura también. Llega un momento en que el libro se termina. Las canciones te ponen los puntos. ¿Para qué me voy a pelear con la canción? Los músicos se pelean mucho con las canciones, con la estética, con los discos.... Yo me di cuenta que terminar la canción con un fade out o con un super arreglo es prácticamente lo mismo. No cambia nada. Entonces el resultado para mí está bueno. Me gusta que en el medio de canciones de rock, hay un bolero. Está bueno porque el bolero fue la despedida de otra etapa que tuvimos. Y me parece que es un mensaje como diciendo: “Mirá que no nos comemos ninguna”. Si tenemos que grabar un bolero, un pop o lo que sea, lo podemos hacer. Armónicamente el disco estuvo muy cuidado y estamos muy contento todo. Igual otra cosa no te diría en otra cosa si fuera muy malo el disco. (Risas)

-¿Por qué razón decidieron volver a juntarse como una banda después de una década?

-En principio fue la muerte de un amigo nuestro, Germán Gómez, que fue uno de los fundadores de los Mojitos, después se fue a tocar a Tony 70 y se fue antes de tiempo. Durante estos 10 años, siempre nos veíamos. Pero a partir de que Germán se fue, sin decirlo, entendimos que nos dejó el legado de que nos sigamos juntando y que estemos más juntos. Todo esto sucedió antes de la pandemia, entonces hacíamos asados, un día pintó una guitarra, otro día apareció el bajo, y nos dijimos si empezamos a juntarnos y nos propusimos hacer algo y llegó la pandemia. Unos de los chicos de los Mojitos se bajó, y nos dijimos que teníamos que soltar todo el pasado. Lo de Germán fue lo fundante pero también ayudó la idea de algo nuevo y en lo estético musicalmente hablando. Era un desafío. Para muchos de nosotros es la última oportunidad porque muchos de los chicos tiene cuarenta y pico, yo tengo cincuenta y pico, y toco con mi hijo que tiene 19, y se da una cosa medio transgeneracional. Pero para mí, es mi última oportunidad. 

-¿Por qué?

-Porque estoy convencido que el músico no elige a la música sino que la música elige al músico. Así se explica porque hay tantos músicos malos pero que tienen algo, un carisma, que la música los eligió. También hay gente muy talentosa que tiene un talento de habitación, que no sale de la cueva y nunca se le conoce la música porque la música no lo eligió. Entonces en este momento estamos en un proceso en el que no sabemos si al Maldito la música lo terminó eligiendo. 

-¿Ya te imaginaste tocando nuevamente frente al público?

-Nos volvemos locos por volver a tocar adelante del público. El sábado pasado que estábamos ensayando, yo dije: “Cuando toquemos en vivo podemos empezar el show de esta manera”... y todos se quedaron mirándose... Yo ya estoy pensando cómo va a ser el show, cómo vamos a presentar el disco, cómo van a ser las luces... el público, la efervescencia.... Es una fantasía. Pero también el año pasado grabar un disco era una fantasía y lo pudimos hacer. No hay que perder las esperanzas.

-Recién me hablaste de la música que elige al músico y estamos en una época en donde el rock es desplazado, y los jóvenes es se vuelcan al trap y al rap. Desde tu mirada de roquero, que tiene mucha experiencia y conoce a fondo el mundo del rock, ¿qué mirada tenés sobre ese género?

-Lo celebro. Porque la historia de la música es eso. Así nació la música clásica primero, la popular, el blues, el rock, los ritmos africanos. Cada época tiene su musicalizador. Entonces en este momento, es eso. Creo que podemos convivir todos. De hecho fijate que hay un género ahora que se llama trapandroll, que es trap con músicos de rock. De hecho, Paco Amoroso y Ca7riel tienen una banda increíble atrás. Si bien hacen lo que hacen, tienen grande músicos. Así que suma. De todos modos, creo que mientras las guitarras eléctricas sigan sonando, el rock tiene un poco de vida todavía. Quizá el rock está con un respirador o a punto de intubarlo, pero todavía se la banca el viejo. 

-¿El trap ocupó el rol del rock para hablar sobre lo que se vive en las calles ahora o para hacer la denuncia social?

-Sí, el rock se banalizó mucho también. Tuvo un pico alto y cambió. El rock era la oportunidad para decir, desde arriba de un escenario, una proclama, una ideología, y eso se perdió. Se pasó más a lo rítmico que a lo poético. Y además empezó a participar más el público. Y en eso, el público dicta un poco esa movida. De hecho, creo que el público es quien maneja los hilos de todo esto. Antes Jimi Hendrix hacía un solo y la gente se quedaba flasheada. Hoy por hoy, es el músico que dicen que le hagan pogo porque si no se va triste y se lo hacen y así se va contento del escenario. El poco o el agite para no hacer referencia a ninguno. El rock sin ideología es pop. 

-De hecho, las bandas más populares, que mueven más gente, están integradas por personas mayores de 45 años. Parecería que las generaciones más jóvenes no supieron renovar al rock. 

-Haber hay, haber hay. Algunas abajo de las baldosas como decían en el Mayo Francés. Antes de la pandemia, íbamos a Makena y ahí las ibas a encontrar. Lo que pasa es que el problema está en lo masivo o no masivo. Si voy a una sala de ensayo, escucho rock en la banda de al lado. Lo que pasa es que hoy el rock es más un placer para el propio músico que para el público. Hoy la gente hizo del rock una pornografía porque lo consume a través de una pantalla. La verdad es que, por lo pronto, el rock está librado de conquistar nada, mientras el trap, el rap o lo que sea, todavía tiene que conquistar a la gente. Están en plena seducción. El rock ya hizo lo que tenía que hacer. Ahora es un viejo jubilado que se caga de risa, no hace nada y la pasa bien.

 

-Sos psicólogo y hace unos años sacaste un libro referido a los rockeros. ¿Cómo es tu rol cuando analizás a bandas?

-Como psicólogo atiendo bandas de rock y el libro se llama Estar en banda, y habla de la experiencia de trabajar con músicos. La verdad que es un trabajo muy cómodo para mí porque yo tengo más años de músico que de psicólogo porque vengo de familia de músicos y desde chico viví eso. Y como entiendo cómo es el negocio del rock, qué pasa en una sala, qué pasa en un concierto, qué pasa en un camarín, qué pasa con el tema del dinero, con las drogas, con los líderes... Lamentablemente no lo aplico a mi propia banda porque sería injusto y sería como psicoanalizar a mis propios padres o a mis hijos. Ahí soy el bajista y es terapéutico para mí eso. Los psicólogos tenemos esa cosa de disociarnos cuando vemos un paciente, separar todo. Una charla con un amigo es eso, una charla con un paciente es una terapia. Igual te hago una confesión: cuando me salta el psicólogo en la banda, se me cagan de risa. “Andá psicólogo”, me dicen. Y me acusan de manipulador en chiste, obviamente. Entonces ya perdí ahí. El título lo dejo en casa.(Risas)

-¿Cómo es el trabajo de un psicólogo en una banda de rock en donde hay guerra de egos y ciertas competencias?

-En principio, hay que aclarar que trabajamos con personas. El personaje es el que está arriba del escenario. Yo trabajo con el que está abajo. Si bien voy a los concierto y me ha tocado irme de gira. En resumen, se trabaja con un equipo, y cuando surge un problema que no permite avanzar con sus tareas, trato de ayudarlos a qué piensen cuál es el obstáculo que tienen y cómo se puede resolver. Básicamente es eso. Todo lo que decís, aparece. El narcisismo, la relación con el público, la relación entre ellos, la disciplina, que es un tema sensible. 

-¿Por qué?

-Porque la disciplina está vinculada al artista. Y una banda puede estar compuesta la mitad por músicos y la mitad por artistas. Entonces el músico te dice: “Vamos a tocar... quiero tocar”. Y el artista busca otra cosa y quiere pensar en lo estético, lo ético y lo político en función de una ideología y lo que quieren mostrar como arte. Esa dicotomía surge. Y ahí aparece el narcisismo: ¿para qué quiero tocar? ¿para subirme al escenario y tocar un instrumento? Entonces hay que pensar que el artista la ve de otra manera. Para el artista, el escenario o el vivo, es una parte del todo. Fijate que con El Maldito sacamos un disco sin tener contacto con el público, ni conciertos. Porque eso es un todo. 

-Hace un tiempo que hubo dos puntos claves para que los rockeros aprendan a comportarse arriba y abajo del escenario. Con la tragedia de Cromañón, el músico aprendió a comportarse arriba del escenario. Con la lucha feminista, el rocker aprendió a comportarse abajo del escenario. ¿Qué otros cambios hubo?

-Es así. Rara vez coincido conmigo mismo, pero estoy de acuerdo con eso que dije (risas). Cromañón produjo un replanteo de todo, de todo el escenario. De todo el escenario simbólicamente hablando. Y el colectivo del feminismo les hizo ver, nos hizo ver, a muchos músicos que no era sólo lo que uno hacía arriba del escenario con esa investidura de músico sino también lo que uno hacía abajo. Y muchos músicos, afortunadamente, se fueron deconstruyendo. Algunos dejaron de hacer determinadas canciones.... Por ejemplo, cada vez que escucho La bifucarda, que fue hecha hace más de 20 años, y en ese momento, todos nos reíamos o nos parecía simpático, pero hoy por hoy, sería una canción que a más de uno le dolería. Entonces hubo muchos cambios y van a seguir habiendo cambios. Por ejemplo, el cupo femenino me parece algo muy importante. La mujer ha luchado silenciosamente muchos años y ahora sigue luchando pero con mucha más voz, mucha más visibilidad, muchas herramientas y obligó a muchos varones a replantearse su lugar frente a ellas. La película Casi famosos, que cuenta la historia de una groupie de bandas de rock y el resto de groupies, retrata una situación que hoy nadie hablaría de eso porque no existe. Los cambios van a seguir. Otro de los cambios es que para ser rockero no hace falta romper un amplificador, consumir hasta reventarse o morirse a los 28 años. Uno puede hacer una vida saludable y además tocar rock and roll. No hay que deformar tanto al rockero. E inclusive ir al psicólogo. Muchas bandas antes me pedían que nadie se entere, hoy por hoy, una banda me viene a ver y no tiene ningún problema en buscar ayuda en un consultorio. 

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