por Jimena Báez
21 Abril de 2026 11:51
Hay obras que entretienen y otras que incomodan, que dejan una pregunta flotando en el aire mucho después de que baja el telón. El Divorcio del Año pertenece a esa segunda categoría: una historia que, entre risas y silencios incómodos, desnuda vínculos, expone fragilidades y obliga a mirarse hacia adentro. En ese universo intenso y contradictorio, Rochi Igarzábal se mueve con una sensibilidad que trasciende el escenario y dialoga directamente con el presente.
En diálogo con BigBang, la actriz abrió las puertas a una charla íntima sobre la obra, la salud mental, los vínculos y la exposición en redes sociales, dejando definiciones tan personales como reflexivas sobre el mundo que habitamos.

En ese contexto, El Divorcio del Año, dirigida por José María Muscari, se prepara para dar un paso más: en mayo comenzará su gira nacional y se acerca a los rincones más icónicos del país para aquellos que no pudieron verla en CABA, donde agotó todas sus funciones, y promete replicar esa intensidad que dejó huella en cada espectador.
Desde el primer acercamiento al proyecto, hubo algo que la atravesó profundamente: "Desde el comienzo, al leer el guion, me pareció muy particular, único. A través de momentos de comedia y de impacto, te lleva a narrar algo mucho más profundo, vinculado a la salud mental, a los vínculos familiares, a lo emocional, puesto en un plano de mucha exposición y debate", comenzó contando que la llevó a formar parte de la obra.
En la misma línea, comentó sobre Sofía, a quien interpreta arriba del escenario: "Mi personaje genera una unión con el público, como si se metiera en el cuerpo de lo que está pasando. A través de un sincericidio constante, habla sin filtros y crea una complicidad que hace que el espectador se ría, se incomode y también reflexione. Ese dinamismo logra que la obra se sienta breve, intensa, que la hora y cuarto pase volando", explicó sobre esa interacción viva que redefine la experiencia teatral.
La obra tiene como eje el divorcio. Pero más allá de la ficción, se dialoga con una realidad que se vuelve cada vez más evidente en los vínculos actuales: "Estamos en una era donde todo se vuelve efímero. Hay algo de lo instantáneo, de la ansiedad, que dificulta atravesar la frustración en los vínculos. Hoy todo está atravesado por la virtualidad, por el teléfono que se mete en las discusiones y en los momentos íntimos. Eso nos lleva a cuestionarnos nuestra vida y la sociedad en la que vivimos", reflexionó, trazando un puente directo entre el escenario y la vida cotidiana.
Ese cruce entre lo personal y lo profesional también aparece en un momento particular de su vida: su casamiento que está próximo a suceder. Lejos de la contradicción, Igarzábal lo vive como una reafirmación: "Siempre conviví con dos polaridades: la exposición y el resguardo de mi vida íntima. Tengo muy separada la ficción de la realidad. Esta obra, lejos de generar conflicto, reafirmó el amor que siento por mi pareja y la familia que construí, incluso las decisiones que tomamos respecto a la tecnología en casa", contó.
En ese sentido, fue contundente al hablar de su rol como madre en un contexto atravesado por lo digital: "Mi hija tiene diez años y no tiene celular. Es una decisión que tomamos junto a otras familias para retrasarlo hasta que estén listos para lidiar con lo que implica el mundo virtual", explicó, y profundizó sobre la importancia de generar redes de contención: "Es fundamental buscar acuerdos con otras familias. Hoy los chicos enfrentan situaciones mucho más complejas que antes. Las redes amplifican todo y muchas veces escapan a nuestro control. Esa alianza puede sostener algo más sano en el tiempo".
La preocupación por la exposición y sus consecuencias también aparece al analizar fenómenos actuales como el bullying o de hecho los mensajes que aparecieron en los colegios sobre amenazas de tiroteo: "La responsabilidad no está en los niños o adolescentes, porque están creciendo y no siempre tienen herramientas para reflexionar. Somos los adultos quienes tenemos que marcar límites, involucrarnos en su vida virtual y no tener miedo a acompañarlos en ese espacio", afirmó con claridad, destacando el rol activo que deben asumir las familias.
La obra, en ese contexto, se convierte en una especie de espejo incómodo. "Es una representación muy visual de lo que está pasando. Habla de salud mental, de medicación, de vínculos, de cómo se tratan temas delicados con un nivel de exposición que después tiene consecuencias difíciles de medir", sostuvo Rochi Igarzábal, poniendo el foco en la responsabilidad colectiva frente a estos debates.

Al hablar del amor, lejos de los ideales románticos tradicionales, Rochi eligió una mirada más consciente y presente: "Estoy hace doce años en pareja y esto es reafirmar el camino recorrido. No le ponemos etiquetas, pero valoramos todo lo construido: la familia, los amigos, la vida compartida. Para siempre es un concepto inexistente, porque no sabemos qué va a pasar. Lo importante es seguir eligiéndonos y sostener ese amor en el tiempo", reflexionó, con una madurez que atraviesa toda la entrevista.
Sobre la salud mental, un eje central tanto en la obra como en su mirada personal, fue clara: "Falta mucho camino. Todavía genera morbo o incomodidad. Antes era un tema que no se hablaba y hoy empezar a ponerlo en palabras es importante, pero no alcanza. También necesitamos herramientas para entender qué nos pasa y cómo salir de ahí. No es solo visibilizar, es poder transformar".
Finalmente, al mirar su propia trayectoria, reconoció el peso y el valor—de sus comienzos. La joven fue parte principal del éxito de Casi Ángeles y a menudo se la sigue asociando a esa eta de su vida: "Es algo que me va a acompañar toda la vida y lo agradezco, porque fue una puerta enorme", comenzó.

Sin embargo, a veces el pasado opaca sus trabajos presente: "Me ha pasado de ir a presentar un disco o de ir a presentar una canción, que tal vez es un es un trabajo que uno pone el corazón y que quiere mostrar otra cosa de uno mismo y que de repente la nota esté dando vueltas o girando en torno a esto", dijo y siguió: " No reniego, lo honro, pero también me gustaría que se abra espacio para lo que hago hoy", expresó, con una honestidad que revela el deseo de seguir construyendo identidad más allá de cualquier etiqueta.
En tiempos donde todo parece suceder rápido, donde los vínculos se tensan entre lo real y lo virtual, y donde la salud mental aún busca su lugar en la conversación pública, Rochi Igarzábal se posiciona desde un lugar consciente, sensible y comprometido. Su paso por El Divorcio del Año no es solo una actuación: es una invitación a detenerse, a mirar hacia adentro y a repensar, quizás, la forma en que elegimos vivir y vincularnos.

