Agustina María salió a buscar a su hija al colegio como cualquier otro día. Pero esa vez tomó un camino diferente y se cruzó con Luis Fernández, un hombre mayor que vive en una situación de extrema vulnerabilidad y suele permanecer en la calle Rivadavia, entre San Martín y Moreno, en Quilmes.
Agustina es fotógrafa y está acostumbrada a mirar con atención aquello que ocurre alrededor. Ese día hacía mucho frío, había viento y Luis temblaba pese a estar abrigado. Tenía dos carteles: uno pedía colaboración y el otro reclamaba algo todavía más doloroso... que no lo ignoraran.

Esta trabajadora no llevaba efectivo, pero su compañero tenía 600 pesos. Su hija, de ocho años, le preguntó si podía entregárselos. Después de recibir el dinero, Luis le pidió un abrazo. El encuentro quebró a Agustina, que se acercó y se quedó conversando con él.
A partir de ese momento, comenzó a pasar por allí cada vez que iba a buscar a su hija. Luis no tiene hijos ni familia cercana. Alquila una habitación muy pequeña en una zona humilde por 80.000 pesos, cuenta con un médico que lo ayuda con la medicación y tiene su carnet de discapacidad.
El día que descubrió que era su cumpleaños
Durante una de esas conversaciones, Agustina le preguntó qué día era. Luis no pudo responder con precisión. Cuando ella le dijo la fecha, el hombre miró su documento y descubrió que ese día cumplía años.

La escena fue tan inesperada como conmovedora. Luis le dijo: "Sí, hija". Agustina recordó que él no sabía en qué día vivía: "Yo no sé en qué día vivo, nena", le decía Luis entre risas.
La fotógrafa actuó rápidamente, con precisión quirúrgica y el corazón en la mano: recurrió a un amigo carnicero, Pablito, a quien describió como una persona solidaria. Lo etiquetó en una publicación y recibió una respuesta inmediata.
El hombre le dijo: "No estoy en la carnicería, pero te preparo algo. Si podés pasarlo a buscar y te lo llevás". La ayuda permitió que Luis comiera una milanesa con puré. Para él, no era una comida más: le contó a Agustina que hacía tres años que no comía carne.
El día terminó con otro pequeño acontecimiento que para Luis significó mucho. Boca ganó su partido y, por la noche, le mandó un mensaje a Agustina: "Al final tuve un cumpleaños re feliz, te agradezco, hija". Ese mensaje fue el broche de una jornada en la que una torta, un plato de comida, una conversación y el gesto de no pasar de largo lograron devolverle a Luis algo que la intemperie y la soledad suelen quitar: la sensación de que alguien lo ve.
"Son los invisibles"
Agustina contó que durante mucho tiempo cubrió como fotoperiodista las movilizaciones de jubilados, pero que actualmente trabaja como freelance y debe afrontar por su cuenta los gastos de traslado y producción. También relató que, cuando realiza trabajos para la pizzería Banchero, observa cómo cada vez más personas se acercan al cierre para pedir comida. "La gente pide comida", resumió.
La fotógrafa advirtió que la situación actual le resulta inédita: "La situación nunca fue así, porque antes también había gente en situación de calle. Yo no, no digo que vivíamos en un mundo de príncipes y de princesas y todo estaba bien. Pero nunca vi y viví lo que estamos pasando hoy".

Desde su casa, en el centro de Quilmes, ve a personas revisando los tachos de basura: "Yo vivo en el centro de Quilmes y tengo todos los tachos de basura, tres tachos a la vista y en cualquier momento que me asome por la ventana, en cualquier momento hay gente revisando la basura".
Su diagnóstico es directo: "Vemos todo mal, está todo mal, estamos todos mal y estamos todos tristes creo yo, porque si tenés un mínimo de empatía -porque también hay que saber que hay un montón de gente que no tiene ese chip puesto- lamentablemente no todos pensamos igual".

Agustina no plantea que todas las personas puedan resolver la pobreza ni que una ayuda individual reemplace las políticas públicas. Pero sí sostiene que nadie debería ser tratado como parte del paisaje: "Es urgente involucrarse. Estamos en una situación que si no la remamos entre todos y no buscamos entre todos darle una mano al otro, no hay manera. Son los invisibles", afirmó.
Esta trabajadora abrió su corazón y desde su lugar expresó: "Aunque no tengas guita para darle a alguien que está pidiendo guita acercate, sacale una charla, preguntale qué necesita, poné un alias en algún lado para que alguien pueda colaborar o si te sobra un paquete de fideos en tu casa alcanzáselo; por ahí creo que viene la mano: buscar la manera de que si no tenemos un mango tratar de ayudar desde otro lado, desde el que puedas, desde el que se te ocurra".
Agustina no pasó de largo. Su hija entregó unos pocos pesos, un carnicero preparó comida y Luis pudo decir, al final del día, que había tenido un cumpleaños feliz. Por un momento, alguien lo miró, lo escuchó y recordó la fecha que él había olvidado. A veces, en medio de una realidad que parece desmoronarse, la dignidad empieza por algo tan sencillo como acercarse y preguntar: "¿Cómo estás?".

