16 Abril de 2026 10:03
En la Argentina de las corridas diarias, las notificaciones constantes y el estrés económico, hay algo que también quedó relegado: el deseo. Un informe del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Universidad de Buenos Aires pone en números una sensación que muchos reconocen en voz baja: la vida sexual no atraviesa su mejor momento. Los datos son tan claros como incómodos. Apenas un 15,8% de los encuestados se declara "muy satisfecho" con su vida sexual, mientras que un 17,4% se considera "algo satisfecho". En otras palabras, sólo el 33,2% -uno de cada tres argentinos- está conforme con su intimidad.

En el medio, una mayoría silenciosa: el 40,95% dice estar "ni satisfecho ni insatisfecho". Ni bien ni mal. Simplemente, apagado. Y en el otro extremo, más de uno de cada cuatro reconoce abiertamente su malestar: 12,65% "algo insatisfecho" y 13,15% "muy insatisfecho". Pero detrás de los porcentajes hay historias concretas. Como la de una mujer porteña de 38 años que, ya en la cama, mientras revisa el celular, resume una escena cada vez más común: "No es que no me guste, pero me cuesta conectar porque llego muy cansada del trabajo. Muchas veces apuesto por algo rápido como para cumplir".
O la de un docente en Bariloche que describe una intimidad atravesada por la rutina familiar: "Los dos llegamos muertos de dar clases todo el día y, cuando quedan algo de ganas, muchas veces se diluyen porque nuestra hija, de cinco años, se pasa casi siempre a nuestra cama". El sexo, entonces, no desaparece. Se posterga, se negocia o directamente se diluye. Según explica el especialista Walter Ghedin, el fenómeno tiene múltiples causas. "Lo que vemos en la práctica clínica, ya desde hace un tiempo a esta parte, es la disminución en el deseo sexual, tanto en parejas jóvenes como de mediana edad".

Y añade: "Los que más están teniendo relaciones sexuales son los que superan los cincuenta, los sesenta, que se están volviendo a reencontrar". La escena se invierte: mientras los más jóvenes pierden interés, los mayores redescubren el deseo. ¿Los culpables? Hay varios, pero uno brilla -literalmente- en la oscuridad del dormitorio: el celular. "Me libero a la noche mirando cualquier cosa, me hago un lavado de cabeza y el sexo queda de lado", describe Ghedin.
Y agrega un dato no menor: "El uso también de los teléfonos en la cama ha aumentado el insomnio". Las pantallas no sólo compiten con la intimidad, también moldean expectativas. "Asistimos a una sucesión de imágenes, donde hay una hipersexualización, como si todo fuera posible. Esto genera un efecto contrario en la intimidad", advierte el especialista. La comparación constante con cuerpos, escenas o performances irreales termina jugando en contra.
A eso se suma otro factor silencioso: los psicofármacos. "Las personas están muy medicadas. Hoy hay un aumento en el porcentaje del uso de psicofármacos por los trastornos de ansiedad. Estos provocan en una cantidad importante de pacientes disminución del deseo sexual", explica Ghedin en diálogo con Infobae. El problema, entonces, no empieza en la cama. Empieza mucho antes.
El propio informe del OPSA revela que el 52,4% de la población siente que atraviesa una "crisis vital", más de la mitad duerme mal y sólo el 22,2% descansa adecuadamente. En ese contexto, pretender que el deseo aparezca espontáneamente parece, cuanto menos, optimista. "El síntoma sexual es solo la puerta de entrada a un problema vincular", advierten los especialistas. La falta de deseo muchas veces esconde desconexión emocional, sobrecarga mental o simplemente agotamiento.

Y hay otro cambio cultural en marcha. "No siempre se trata de tener menos sexo, sino de necesitar cada vez menos sexo", plantea la sexóloga Mariana Kersz en diálogo con La Nación. En un mundo de gratificaciones instantáneas -redes, porno, entretenimiento constante-, el encuentro con otro empieza a competir en desventaja. Sin embargo, los expertos coinciden en algo: no hay una "frecuencia normal". El problema no es cuántas veces, sino cómo. Hay parejas con poca actividad sexual pero alto nivel de satisfacción, y otras con encuentros frecuentes pero desconectadas. El denominador común, dicen, es otro: la falta de conexión.

