El MetLife Stadium de Nueva York fue testigo de una final que no solo se juega con el alma en el césped, sino que también apostó por un despliegue de luces y estrellas sin precedentes.
Eran las 17.02, mientras Argentina y España recuperaban el aire en los vestuarios, se desató un Halftime Show uy al estilo yankee que mezcló la nostalgia, la cultura pop y un cierre imponente. Pero no todo fue brillo: hubo un bache de aburrimiento que casi desconecta a las tribunas y un recuerdo amargo que todavía le pesa al público argentino.
El inicio fue zarpado. Desde las entrañas del estadio, Madonna irrumpió con una coreografía eléctrica al ritmo de Music. Pero la verdadera sorpresa, la que hizo estallar las gargantas, fue ver a la Reina del Pop a bordo de un vehículo que recorría el borde del campo conducido nada menos que por Ronaldinho y Ronaldo Nazário. La mezcla de la ambición rubia con las dos leyendas brasileñas fue el golpe de efecto perfecto para arrancar una fiesta que prometía ser histórica.
La transición fue magistral. El director venezolano Gustavo Dudamel tomó el control al frente de la Filarmónica de Nueva York y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar. Pero la sobriedad de la orquesta se rompió con un toque de ternura y humor: los Muppets y Plaza Sésamo se sumaron a la escena, dándole un marco familiar y único a la tarde.
Sin dar ni medio respiro, el K-pop se adueñó de Nueva Jersey. BTS interpretó Dynamite, desplegando una energía y una precisión visual que terminó de encender a los más jóvenes en las tribunas. Todo venía en ascenso, hasta que llegó el turno del canadiense.
Presentado por Jason Sudeikis, quien se puso en la piel de su icónico personaje "Ted Lasso", Justin Bieber subió al escenario con una expectativa altísima.
Sin embargo, lo que siguió fue, para muchos, un vía crucis mundialista de aburrimiento. Bieber sorprendió con una balada y una puesta en escena tan chata que gran parte del estadio —y el mundo a través de las pantallas— sintió ganas de dormirse una siesta.
El clima frío de su presentación reavivó la memoria de los hinchas argentinos. Todavía está fresco aquel lamentable episodio de 2013, cuando el cantante fue captado barriendo y pateando banderas argentinas en un escenario de Buenos Aires. Aunque en su momento pidió disculpas alegando que pensó que era una camiseta, la relación nunca volvió a ser la misma. Hoy, su falta de carisma en el MetLife terminó de confirmar que el romance entre Justin y la Argentina sigue quebrado.
Por suerte, el show tenía una carta ganadora para el final... Shakira. La indiscutida reina de los mundiales, tomó el escenario para rescatar la tarde. La colombiana hizo vibrar a todos con Dai Dai, la canción oficial que se transformó en el himno de este torneo, demostrando que su conexión con el fútbol es algo orgánico.
El momento de mayor sensibilidad llegó con We Believe in Love, una canción interpretada junto a un imponente coro de niños de todo el mundo que emocionó a toda la cancha. Shakira se sumó al baile, repartió sonrisas y le dio paso a un musical de cierre que dejó la vara altísima antes de que Lionel Messi y Lamine Yamal volvieran a la cancha.
