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La trampa de la mala víctima

Por Mariana Rabanal, abogada especializada en Derecho Internacional de los Derechos Humanos, Derecho Constitucional y Parlamentario.

Mariana Rabanal

29 Mayo de 2026 14:43
La sociedad y el sistema judicial suelen desconfiar de las mujeres que denuncian violencia
La sociedad y el sistema judicial suelen desconfiar de las mujeres que denuncian violencia

Hay algo profundamente perverso en la forma en que nuestras sociedades siguen mirando a las mujeres que denuncian violencia. Porque no alcanza con haber sido violentada: además hay que demostrar sufrimiento de la manera correcta. Hay que parecer víctima. Y parecerlo todo el tiempo. La teoría de la "mala víctima" surge de ese mecanismo de sospecha: la idea de que existe un único modo legítimo de sufrir y que toda mujer que se aparte de ese modelo merece desconfianza. La víctima aceptable debe estar devastada, inmóvil, emocionalmente destruida, incapaz de reconstruir su vida. Toda desviación respecto de ese mandato genera sospecha.

La sociedad y el sistema judicial suelen desconfiar de las mujeres que denuncian violencia
La sociedad y el sistema judicial suelen desconfiar de las mujeres que denuncian violencia

Si trabaja, se duda. Si estudia, se duda. Si vuelve a enamorarse, se duda. Si sonríe en una foto, se duda. Si hace terapia y consigue herramientas para sostener cierta estabilidad emocional, se duda todavía más. La resiliencia comienza a funcionar como indicio de falsedad. Y ahí aparece una de las formas más sofisticadas de violencia institucional contemporánea: exactamente aquello que la salud mental considera saludable -buscar ayuda, reconstruir rutinas, recuperar autonomía, intentar seguir viviendo- muchas veces termina transformado en prueba indirecta contra quien denuncia.

El problema es que gran parte del sistema judicial continúa funcionando desde una lógica patriarcal según la cual una víctima creíble debería permanecer destruida. El juicio deja de investigar únicamente la violencia sufrida y comienza a investigar la legitimidad emocional de quien denuncia: sus emociones, su cuerpo, sus vínculos, su maternidad, su capacidad de continuar funcionando.

La psicología del trauma hace décadas viene demostrando lo contrario. No existe una única reacción frente al daño: algunas personas colapsan emocionalmente; otras continúan funcionando mientras se destruyen internamente; otras logran sostener cierta normalidad porque tienen hijos que cuidar o porque quedarse inmóviles implicaría terminar de quebrarse. Nada de eso desmiente la violencia.

Sin embargo, el sistema sigue esperando una determinada performance del sufrimiento femenino. La víctima debe llorar correctamente. Debe quebrarse correctamente. Debe recordar correctamente. Debe reconstruirse correctamente. Y cualquier desviación puede transformarse en sospecha. 

La sociedad y el sistema judicial suelen desconfiar de las mujeres que denuncian violencia
La sociedad y el sistema judicial suelen desconfiar de las mujeres que denuncian violencia

Ese mecanismo se vuelve todavía más brutal cuando se cruza con el discurso sobre las "falsas denuncias". Detrás de esas narrativas no aparece solo una preocupación legítima por el debido proceso -principio esencial del Estado de Derecho- sino una sospecha estructural sobre la palabra femenina. Se construye así un modelo imposible: una mujer que denuncie rápido, pero no demasiado rápido; que llore, pero sin exagerar; que recuerde perfectamente, pero sin parecer guionada. La trampa es perfecta porque cualquier conducta puede ser utilizada en su contra.

Cuando esta lógica ingresa en los casos de violencia vicaria, la crueldad institucional adquiere dimensiones aún más graves. Las madres que denuncian violencia sobre sus hijos quedan atrapadas en exigencias incompatibles: si aparecen emocionalmente quebradas, se las considera inestables; si se sostienen para proteger a sus hijos, se minimiza la violencia. Si insisten judicialmente, se las acusa de obstruir el vínculo; si abandonan el litigio por agotamiento, de desinterés. El sistema le exige a la mujer demostrar simultáneamente devastación absoluta y fortaleza absoluta.

Sonia Vaccaro -psicóloga especializada en violencia de género- advirtió que muchas veces el sistema judicial termina funcionando como continuidad de la violencia: el expediente deja de ser un espacio de protección y se transforma en un escenario de disciplinamiento. Esto choca frontalmente con las obligaciones internacionales del Estado argentino. La Convención de Belém do Pará, la CEDAW y las recomendaciones del MESECVI exigen que los sistemas judiciales eliminen estereotipos de género y garanticen a las mujeres el acceso a la justicia libre de prejuicios culturales.

Porque el problema nunca es solamente la denuncia. El problema aparece cuando una mujer se niega a quedar confinada al lugar de víctima silenciosa que el sistema considera aceptable: cuando transforma el dolor en reflexión, en escritura, en militancia o simplemente cuando consigue reconstruir su vida. La víctima tolerable es aquella que permanece rota y callada. La que sobrevive, comprende políticamente lo que le ocurrió y señala las fallas estructurales del sistema, y deja de resultar funcional.

La sociedad y el sistema judicial suelen desconfiar de las mujeres que denuncian violencia
La sociedad y el sistema judicial suelen desconfiar de las mujeres que denuncian violencia

Y quizás ahí aparezca una de las formas más perversas de violencia contemporánea: permitir que una mujer denuncie, pero castigarla cuando intenta reconstruirse sin permanecer destruida para siempre. ¿Cuándo dejará el sistema de exigirle que elija entre sobrevivir y ser creída?

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