por Alejo Paredes
01 Abril de 2026 08:57
El cuerpo estaba en el suelo. Solo. Conectado a una vía que goteaba lo que en un quirófano salva vidas, pero en la intimidad de un departamento puede apagarlas en minutos. Así murió Alejandro Zalazar, anestesiólogo de 31 años del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez y ex residente del Hospital Rivadavia. La escena, descubierta el 20 de febrero en su departamento de Palermo, no tenía signos de violencia. Tenía algo peor: la precisión clínica de una muerte inducida. Una jeringa con líquido transparente. Una vía conectada en el pie. Fármacos anestésicos a su alrededor. Propofol y fentanilo en su organismo. Una combinación que, sin control médico, puede provocar apnea en segundos. Eso fue lo que ocurrió: dejó de respirar. Y no hubo nadie para asistirlo.

Lo que en un primer momento parecía una tragedia individual empezó a transformarse en otra cosa cuando apareció un dato clave: los fármacos hallados en la escena no provenían del hospital donde trabajaba Zalazar. Eran del Hospital Italiano de Buenos Aires. Ese hallazgo detonó una investigación paralela. ¿Cómo llegaron esas drogas hasta su departamento? ¿Quién las retiró? ¿Desde cuándo circulaban fuera del sistema sanitario?
La respuesta preliminar de la Justicia apunta a un circuito interno de sustracción de medicamentos. Un anestesiólogo de planta identificado como Hernán Boveri y una residente de tercer año, llamada Delfina Lanusse, fueron imputados por el presunto robo y distribución de esas sustancias. Ambos fueron apartados de sus cargos y tienen prohibido salir del país. La causa -iniciada el 23 de febrero- avanza bajo la hipótesis de administración fraudulenta, un delito que puede implicar hasta seis años de prisión.
Los investigadores creen que el desvío de anestésicos no fue un hecho aislado, sino una práctica sostenida al menos desde 2023. En paralelo, otro expediente intenta responder la pregunta más incómoda: ¿cómo murió Zalazar? La autopsia confirmó la presencia de propofol y detectó una segunda marca en el otro pie, compatible con otra vía. En el departamento había ampollas de uso hospitalario, imposibles de conseguir por fuera del sistema de salud.

Falta todavía el resultado toxicológico completo. Pero el cuadro ya es claro: una sobredosis de drogas que requieren monitoreo constante, administradas en soledad. En un quirófano, una apnea activa un protocolo inmediato: ventilación asistida, intervención de un equipo, monitoreo permanente. En ese departamento, en cambio, había silencio. Mientras la Justicia reconstruye el recorrido de los fármacos, en los pasillos hospitalarios circula otra historia. No está en el expediente. Pero tampoco desaparece.
Médicos y residentes hablan de las llamadas "Propo Fest": reuniones privadas donde anestesistas utilizaban propofol y fentanilo con fines recreativos. Encuentros donde, según los audios que circulan, había bombas de infusión, insumos hospitalarios y una figura clave: alguien encargado de "ambucear", es decir, asistir la respiración cuando el consumo llevaba al límite. "Todo el material era del hospital", dice una de las grabaciones.
Otra versión sostiene que Zalazar habría asistido a alguno de esos encuentros. No hay confirmación judicial. Tampoco desmentidas contundentes. La investigación, por ahora, reconoce reuniones privadas con intercambio o autosuministro de estas drogas. No acredita fiestas sexuales ni eventos organizados. Pero la línea que separa lo probado de lo posible es cada vez más delgada. El caso habla de fallas en cadena y de evidente negligencia médica.
Fallas en el control de sustancias críticas. Fallas en la supervisión interna. Fallas en los mecanismos de alerta dentro del sistema de salud. El propofol no se vende en farmacias. No es una droga de acceso público. Su presencia en un departamento privado solo puede explicarse por una ruptura en la cadena de custodia. El propio Hospital Italiano reconoció el faltante, inició un sumario interno y realizó la denuncia judicial. También aseguró haber apartado a los implicados y reforzado los controles.

La muerte de Zalazar sacudió a la comunidad médica. Sin embargo, hacia afuera, predominó el hermetismo. Publicaciones que desaparecen. Comentarios que no prosperan. Versiones que circulan solo en ámbitos cerrados. Un pacto implícito. "En relación a los hechos que han tomado estado público, y ante versiones que circulan en distintos espacios o redes sociales, la Asociación manifiesta que no tenía conocimiento fehaciente previo de situaciones como las mencionadas. No obstante, y en resguardo de la transparencia institucional, ha puesto en conocimiento de la autoridad judicial (juzgado nacional Criminal y correccional número 16. Causa 9227/2026) a fin de que se investigue con el debido rigor", reza el comunicado difundido por la Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires.

Y agrega: "Es importante destacar que la Asociación no administra ni dispone de drogas en el ámbito de la formación. Las prácticas se realizan mediante simuladores de alta fidelidad, sin utilización de sustancias reales. Es fundamental actuar con responsabilidad frente a la difusión de versiones no judicializadas, evitando la exposición innecesaria de personas -especialmente jóvenes profesionales- cuyo buen nombre y futuro pueden verse gravemente afectados. La problemática del consumo de sustancias es una realidad que atraviesa no solo a la medicina, sino a todas las profesiones y ámbitos de la sociedad".
De acuerdo con la entidad, "durante el proceso formativo y a través de la Subcomisión de Bienestar Profesional, se trabaja activamente en la prevención, el acompañamiento y la detección temprana, mediante instancias educativas específicas y mecanismos de control"." La Asociación no convalida ni participará de construcciones mediáticas que no se correspondan con los canales institucionales y judiciales correspondientes. La Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires tiene como misión la formación de profesionales de excelencia, basada en estándares académicos, éticos y humanos que se sostienen a lo largo del tiempo", concluyeron.

Mientras tanto, la causa judicial avanza, dividida en dos caminos: uno que busca responsables por el desvío de drogas; otro que intenta entender una muerte que ocurrió en condiciones imposibles de ignorar. Lo que empezó como el fallecimiento de un joven médico se convirtió en una trama que incomoda al sistema entero.Porque no se trata solo de cómo murió. Se trata de cómo esas drogas salieron del hospital. De quiénes sabían. De quiénes miraron para otro lado. Y, sobre todo, de cuántos más podrían haber estado en riesgo antes de que alguien dejara de respirar, sin que nadie estuviera ahí para salvarlo.

