por Alejo Paredes
27 Febrero de 2026 11:28
Hay títulos que encierran una contradicción. Lo que se pierde se tiene para siempre parece uno de ellos. Sin embargo, cuando se lo escucha en la voz de sus protagonistas, la paradoja deja de ser un juego de palabras y se transforma en una poética sobre la memoria. "Como la vida", resume Sofía Gala Castiglione cuando se señala que el título puede resultar contradictorio. Y enseguida profundiza: "Porque siento que, en realidad, pierde es una palabra rara. Yo siento que todo lo que desaparece por ahí de forma material, ya sea un familiar o un lugar, un amor o lo que sea, queda dentro nuestro, de alguna manera".
Y añade: "Y eso es lo que nos queda de la otra persona, ¿no? O del lugar o de lo que sea. Se transforma. Se transforma en algo interno nuestro, con la otra persona, ya ahí sin estar más, ¿entendés? Se convierte en casi un producto de nuestra imaginación mezclada con los recuerdos y las vivencias que tuviste". La obra -con dramaturgia basada en varios textos de Alejandra Kamiya- construye un rompecabezas escénico donde madre, padre e hija orbitan alrededor de lo que ya no está, pero insiste en permanecer.

No hay relato lineal, sino fragmentos que se enlazan sin que se noten las costuras. "Y además, vos con el recuerdo podés hacer lo que querés, podés hermosearlo, podés pensar que te pasó algo desastroso. Con el recuerdo, se puede hacer cualquier cosa porque está en tu cabeza, no es como sucedió. Por eso, esa gente que muchas veces vive así, porque es su modo de vivir y no estoy en contra, pero que vive del pasado, es una cosa que está en su cabeza también, ¿viste? Porque el pasado nunca fue como lo te lo como lo recordás. Recordás anécdotas, sí, pero esto no", reflexiona Marita Ballesteros.
Sofía asiente y completa: "No, claro, o sea, cada persona mira el mundo de una manera única, distinta y particular". La pregunta se vuelve personal: ¿se puede preservar algo pese a haberlo perdido? "Sí, yo tengo una cantidad de muertos encima. En el placard y y de verdad, muertos de verdad y de los otros. Llena de muertos", responde Sofía, entre risas. Ballesteros aporta: "Lo que pasa es que muertos queridos de uno, pasado el tiempo del duelo, que lo tenés que atravesar, están en tu alma, está ensanchada el alma, porque eso te dio un amor y una una alegría de amar y ser amado. Entonces, eso, después cuando pasa el tiempo, lo agradecés".
En escena, esa tensión entre duelo y agradecimiento se vuelve carne. La escenografía muta ante los ojos del público: un objeto puede ser vereda, ataúd, baúl o televisor. La hija -que une las casas de sus padres separadas por ocho cuadras- intenta recomponer una biografía fragmentada. ¿Cómo convertir cuentos en una unidad dramática sin que se adviertan las costuras? Ballesteros responde con humildad: "Bueno, eso se lo habría que preguntar a Andrés Gallina y Javier (Berdichesky)...".Sofía interviene con humor: "Que el apellido es impronsable, no te lo decimos porque es imposible de decir, no me sale".
Y Marita concluye: "Pero digo, el eso es una obra de de arte, lo que han hecho lo que han hecho ese hecho, porque de cuentos, hacer algo tan vivencial y tan coloquial, a pesar de que es poético, es muy difícil hacer una obra de teatro de este estilo que estamos haciendo". El personaje de Sofía parte de una ausencia: no recuerda a sus padres juntos. Pero la actriz desarma esa lectura simple. "No es necesariamente un personaje desmemoriado. Más que nada, ella vive, no quiero decírtelo porque te spoileó la obra, pero más que un personaje desmemoriado, creo que es un personaje que vive un poco con los recuerdos de sus padres que traen a cuestas con ellos".

Y agrega: "Más que nada, muy enfocada en estos dos papás, tanto que hay un impedimento de desarrollo de su propia persona, que suele pasar mucho, no solo con hijos, con padres también, con parejas, en donde hay una entrega tan fuerte a los otros que te olvidas de vos". A Ballesteros le toca encarnar a una madre atravesada por el pasado. "Mi personaje es una madre ausente de esta hija, porque siempre vive con eso que le pasó, vive como en el pasado, lo que hablábamos hoy, ¿no? Entonces, en un sentido, bueno, hay miles de madres, miles, pero digo, esta es una madre que no ha estado tan presente con esta hija por todo lo que ha vivido, y ahora esta hija se transforma en madre de esos padres que son grandes ya, y eso pasa en la vida", detalla sobre su gran labor en escena.

La inversión de roles -hijos que maternan a sus padres- no es metáfora: es experiencia generacional. En un presente complejo para el sector cultural, la conversación vira hacia el contexto. Sofía no duda: "Mirá, yo creo que esto no es algo solo que pasa en Argentina, sino que es algo mundial, y tampoco, y creo que es un mecanismo de control. Eliminar la cultura de una sociedad es eliminar la capacidad de pensar, de pensar afuera de la caja, de desarrollar la imaginación, de desarrollar el deseo", detalla.
E insiste: "Entonces siento que esto que está pasando donde el arte se estandariza, donde todo es entretenimiento, donde todo tiene que ser como livianito y a los bifes rápido para pasar otra cosa, no es tipo, bueno, porque pasó de moda la cultura, digo, es un un mecanismo de control muy importante para tenernos dormidos, sonámbulos, mirando TikTok, que el país que lo inventó lo tiene prohibido, imaginate".
Ballesteros coincide: "Tal y cual. Yo pienso igual. No, no tengo nada que agregar porque pienso exactamente igual, ¿viste? Me parece que el arte lo invita al espectador a reflexionar, le pasan cosas, hace reflexiones sobre su propia vida. Si se borra eso, no es lindo". Multipremiada -con seis nominaciones y dos galardones en los Premios María Guerrero, reconocimientos en los Trinidad Guevara y nominaciones a los ACE- la obra vuelve a la cartelera porteña.
Lo hará el jueves 5 de marzo a las 20 en el Teatro Astros (Av. Corrientes 746). Protagonizada por Sofía Gala Castiglione, Marita Ballesteros, Enrique Amido y Camila Marino Alfonsín, la pieza dirigida por Anahí Berneri confirma que, en tiempos donde todo parece efímero, el teatro insiste en hacer lo contrario: detenerse. Porque si algo demuestra Lo que se pierde se tiene para siempre es que lo ausente no desaparece: cambia de forma. Y a veces, sobre el escenario, vuelve a respirar.

