El Gobierno de Javier Milei se prepara para exhibir una nueva victoria estadística en materia inflacionaria. La inflación de mayo en la Ciudad de Buenos Aires fue del 2,1%, por debajo del 2,5% registrado en abril, y todo indica que el dato nacional que difundirá el INDEC también mostrará una desaceleración respecto del 2,6% del mes anterior. Sin embargo, detrás de los números que el oficialismo busca mostrar como una señal de estabilización económica, persisten indicadores que revelan una realidad mucho más compleja para millones de argentinos. El principal dato que incomoda al relato libertario es que los alimentos volvieron a aumentar por encima de la inflación general.

Mientras el índice porteño marcó un incremento del 2,1%, el rubro Alimentos y bebidas no alcohólicas trepó al 2,8%, acelerándose incluso respecto de abril, cuando había registrado un alza del 1,4%. Se trata del componente que más impacta sobre los sectores populares y de ingresos medios, que destinan la mayor parte de sus recursos a cubrir gastos básicos. En otras palabras, aunque la inflación promedio desacelere, el costo de llenar la heladera continúa creciendo a un ritmo superior.
El informe del Instituto de Estadística y Censos porteño muestra además que algunos productos esenciales registraron aumentos muy por encima del promedio. Las verduras, tubérculos y legumbres subieron un contundente 14,5%, mientras que la leche, los lácteos y los huevos aumentaron 3,7% y el pan y los cereales 2,6%. De esta manera, los índices generales mejoran, pero el alivio no llega con la misma intensidad a la economía cotidiana de los hogares.
La baja de la inflación tampoco parece estar sustentada en una recuperación económica vigorosa. Por el contrario, buena parte de los analistas atribuye la desaceleración a una demanda deprimida, salarios que continúan corriendo detrás de los precios y un creciente nivel de endeudamiento de las familias. Economistas advierten que "el proceso de desinflación continúa, pero sobre bases frágiles, sostenido más por la contracción del consumo que por una estabilización genuina de la economía".

Los datos que observan las consultoras privadas refuerzan esa lectura. La inflación núcleo se mantiene en niveles elevados, alrededor del 2,4%, mientras que las paritarias continúan cerrando por debajo de la evolución de los precios. A eso se suman los altos niveles de morosidad y endeudamiento que reducen la capacidad de compra de los hogares. En otras palabras, la inflación baja en parte porque cada vez menos personas tienen margen para consumir.
La situación también encuentra límites hacia adelante. Los precios regulados continúan presionando sobre el índice general y acumulan aumentos significativamente superiores al promedio. En la Ciudad de Buenos Aires crecieron 2,8% en mayo y acumulan una suba interanual del 40,9%. Las cuotas de medicina prepaga, las tarifas de servicios y los aumentos pendientes en combustibles siguen representando una amenaza para las aspiraciones oficiales de perforar el piso del 2% mensual.
Por eso, aunque el ministro de Economía, Luis Caputo, espera que la inflación nacional de mayo se ubique cerca del 2,3%, los propios analistas advierten que la desaceleración podría encontrar obstáculos durante la segunda mitad del año. El fin de la liquidación de la cosecha gruesa, una eventual mayor presión sobre el dólar y la persistente incertidumbre internacional aparecen entre los factores de riesgo.

De hecho, expertos sostienen que será difícil quebrar el umbral del 2% porque se espera que el tipo de cambio comience a mostrar mayores movimientos en los próximos meses. A esto se suma la visión de organismos internacionales. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) proyecta que Argentina cerrará 2026 con una inflación cercana al 31%, una cifra muy inferior a la heredada por el actual Gobierno, pero todavía elevada para cualquier economía que aspire a recuperar estabilidad de largo plazo. De hecho, es el triple de la proyectada en el Presupuesto 2026.

