02 Abril de 2026 12:48
El horror no siempre se esconde. A veces grita. Y esta vez, alguien decidió escuchar. Un llamado al 911 bastó para quebrar el silencio en una casa de Lisandro Olmos. Del otro lado de las paredes, un nene de 11 años pedía ayuda. Sus gritos eran persistentes, desesperados. También, según relataron testigos, se oyeron disparos. Cuando la Policía llegó, no dudó: la urgencia era evidente. Los pedidos de auxilio se escuchaban desde la calle.

Lo que encontraron al ingresar fue una escena difícil de narrar sin estremecerse. El niño estaba encerrado en una casilla de madera, precaria, improvisada, con trabas colocadas desde el exterior. No podía salir. No podía escapar. No podía defenderse. Estaba descalzo, sin remera, con un pañal de tela. Vulnerable en todos los sentidos posibles. El encierro era real, físico y brutal. El menor, diagnosticado con trastorno del espectro autista, presentaba un cuadro de angustia profunda.
Su cuerpo y su estado emocional hablaban por él. En el lugar se encontraba su padre, un hombre de 64 años identificado como Edgardo Rubén C., quien fue detenido en el acto. Según fuentes policiales, el hombre habría efectuado disparos al aire para amedrentar al nene. La escena adquiere una dimensión aún más perturbadora: el miedo como método de control. Su explicación ante los agentes no hizo más que agravar la situación. Dijo haberlo encerrado "por seguridad".
Durante el procedimiento, la Policía secuestró una escopeta calibre 12 y varias municiones. El hallazgo no solo confirmó la violencia latente en la vivienda, sino que sumó un nuevo elemento a la causa judicial. La investigación quedó en manos de la Unidad Funcional de Instrucción N°1 de La Plata, que imputó al acusado por "privación ilegítima de la libertad agravada" y "tenencia ilegal de arma de guerra". Pero detrás de las figuras penales, hay preguntas más profundas que deberá responder la Justicia.

Entre ellas cuánto tiempo llevaba el pequeño encerrado, quién vio y no denunció, y qué falló para que una situación así se sostuviera en el tiempo. Los peritos intentan reconstruir la historia completa. Determinar desde cuándo el menor vivía en esas condiciones y si existían antecedentes que no fueron atendidos. Tras el rescate, el nene fue puesto bajo el cuidado de su madre y de organismos de Niñez, que ya iniciaron un proceso de asistencia integral. Atenderán su salud física, pero sobre todo el daño emocional. Ese que no se ve, pero deja marcas más profundas. Mientras tanto, en el barrio, la conmoción persiste.

