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Actualidad A 34 años de la guerra de Malvinas

"Todos muertos, todos muertos": el dramático testimonio de un ex combatiente

En su impactante libro "Malvinas, la primera línea", el periodista Juan Ayala contó la historia de la compañía B del Regimiento de Infantería Mecanizada 7 "Coronel Conde" de La Plata, que tuvo 36 muertos en la guerra. Aquí se reproduce el capítulo XVII, basado en el testimonio del soldado Miguel Fiorebello.

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Miguel Tano Fiorebello

 A mí me mandan a Malvinas como abastecedor de cañón de 90, una bazuca, y yo en la puta vida había visto ese cañón, y encima lo llevamos y nunca funcionó. Apenas llegamos y supimos que no andaba, se tiró ahí al costado, como todo. Cada sección tenía uno, entonces se juntaron los tres para ver si podíamos armar uno, y nada. ¡Me acuerdo que teníamos municiones para los cañones pero no las pudimos usar! Así que mi única arma era una 9 mm. Estábamos en el medio de Monte Longdon, entre las pocas rocas que había. No había nada establecido, no teníamos rol de combate. Nada; eso no existió. Nunca nos dijeron: «Tenemos esta estrategia». Todo se armó en el momento. Nos dijeron: "Sabemos que los ingleses van a atacar por acá. ¡Que tengas suerte! Ponete ahí y esperá". Pero los ingleses atacaron por el oeste, y estábamos sin preparación ni armamento que funcionara. Las guardias eran dos por dos, una locura.

"¡Que tengas suerte! Ponete ahí y esperá."

Decían que los gurkas podían andar por ahí; claro, te metían esa gilada en la cabeza, si no ¿para qué tanta guardia antes de tiempo? La guardia la hacía cerca de mi covacha. No era una posición, o sea no era una garita ni nada, estábamos a la intemperie. Hacíamos guardia hacia el camino viejo, cerca de la covacha. Yo estaba con Guerrero, Sequeira y Pedro Lara, que llevaba el cañón. Como los cuatro no entrábamos en esa posición, lo rajamos a Lara. Sequeira tenía un FAL. Nunca pensamos que íbamos a entrar en combate.

"Nunca pensamos que íbamos a entrar en combate.

El 11 de junio, a la noche, como a las diez, termino mi guardia, voy a mi posición y me saco los borcegos. Nunca me los había sacado a la noche, pero esa noche me los saco. Era una noche calma, muy tranquila; bien profunda. ¡Una luna llena espectacular! Pero algo había en el aire. No llegué a acostarme que se siente una explosión y empieza todo el quilombo, pero el quilombo mal. Me puse los borcegos en una milésima de segundo. No teníamos órdenes de nadie, no vi a nadie, no encontré ni a un oficial ni a un suboficial en todo el combate. No hubo orden de nadie. Las órdenes nos las dábamos entre nosotros. Nada más.

"Yo era abastecedor, pero el cañón no andaba, tenía una 9mm. Llegué a combatir porque encontré un FAL tirado".

Salimos de la posición con un cagazo tremendo. Nos pusimos detrás de una roca y los de la segunda sección recibíamos fuego de la derecha, hacia donde está el Monte Kent y ahí empezamos a tirar. Yo era abastecedor, pero el cañón no andaba, tenía una 9 mm. Llegué a combatir porque encontré un FAL tirado, o no sé si estaba tirado, o cómo fue que lo encontré, no me acuerdo. Mientras seguíamos tirando, yo estaba con un grupo de soldados; hace poco Guerrero me contó que me adoptaron como jefe. Yo, la verdad no me acuerdo de nada; estábamos cagados en las patas. Hacia la izquierda no tirábamos porque ahí estaban nuestros compañeros de la primera sección… Y de repente, de ahí viene González, al que le decíamos «el Abuelo», porque tenía 28 años. Había pedido prórroga.

–¿Qué hacés? ¡Tirate cuerpo a tierra!

–No, ¡están todos muertos! ¡Están todos muertos!

–¿Cómo que están todos muertos?

–A la primera sección la hicieron mierda. ¡A todos!

–Pero cubrite, salvate vos.

–No, no me importa tres carajos de nada.

Y de repente se va otra vez para la primera sección y no lo vemos más. Gracias a Dios está vivo. Hace poco lo volví a ver, después de treinta años.