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Actualidad Habla Noemí, quien lo cuidó

Intimidades del final del hombre que pidió permiso para morir

Noemí Bascur cuidaba a Marcelo Diez todos los días desde 2013 hasta que las hermanas le exigieron que no fuera más. Desde su ONG organizó un abrazo simbólico para oponerse al fallo de la Corte. Dice que el paciente escuchaba música de los ‘70, que chasqueaba los dedos y que disfrutaba cuando le contaban cuentos. 

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Marcelo Diez murió ayer a los 50 años,  6 horas después de que la Corte Suprema de la Nación fallara a favor de que se le suspendan los tratamientos que lo mantenían vivo en forma artificial. Marcelo Diez murió ayer después de permanecer 20 años y 9 meses en estado vegetativo, después de que sus hermanas le pidieron a la Justicia la posibilidad de una muerte digna. Marcelo Diez murió ayer, y dividió a la comunidad neuquina. Y aún hay dudas sobre las causa exactas de su partida.

Noemí Bascur se acercó a Luncec, la clínica donde estaba internado Diez, en mayo de 2013, “cuando la Cámara falló a favor de la muerte”, como ella misma explica. A través de su fundación, Manos que Ayudan, la mujer organizó un abrazo simbólico al lugar para pedir que no desconecten al paciente, aunque el concepto “desconectar” le moleste.

“Marcelo respiraba por sus propios medios”, explica. Aquella tarde de abrazo, unas cuantas personas se reunieron a cantar y a pedirle a Dios por la “vida digna" de Marcelo. “Decidimos homenajearlo desde la música. Yo canté ‘Resistiré’. Era una forma de orar”, dice.
 

Desde ese momento Noemí visitó a diario al paciente de la habitación 13. Dejó de hacerlo con esa frecuencia cuando las hermanas pidieron respeto y solicitaron que no lo visiten más. “Dijeron que no era un circo, que lo dejáramos tranquilo y nos alejásemos. Igual seguí su salud a diario porque me encariñé con él”, revela Bascur, que se ofende cuando se le pregunta por la muerte digna. “En ese sentido prefiero definirlo como el obispo (Virginio) Bressanelli: como una eutanasia encubierta”.

Bascur habla rápido, y desmiente que Marcelo Diez no respondía a los estímulos. Según el fallo, el hombre padecía “una grave secuela con desconexión entre ambos cerebros, destrucción del lóbulo frontal y severas lesiones en los lóbulos temporales y occipitales”.

Pero Bascur, que supo cuidarlo a diario, lo contradice. “Lo noté medio congestionado; le puse Vick Vaporub y frunció el ceño. Le dije: ‘Dejá de joder, es solo olor a eucalipto”. Y continúa: “Le ponías música de Gloria Gaynor o de Bee Gees y te abría los ojos, unos ojos azules increíbles. Él se rascaba, se giraba solo; producto de los años que estuvo acostado generaba un eccema, pero podía rascarse. En la baranda de la cama le habían puesto una almohada para que no se golpease. Siempre chasqueaba los dedos y como era contador yo le decía: ‘¿Estás contando plata?”. Recuerda que el hombre disfrutaba cuando le leían cuentos. Dice que se reía. 

Aquí estaba internado Marcelo Diez, pero falleció en otra clínica, Cmic. 

Prefiere no opinar sobre las hermanas de Marcelo , quienes llevaron adelante el pedido por la muerte digna. Una reside en Ecuador, la otra vive en Buenos Aires. Bascur se considera una mujer religiosa y dice sin decir: “El amor todo lo puede. Hay miles de Marcelos en el mundo. Imaginate si todas las familias tiraran la toalla o lo abandonaron como hicieron ellas”. 

- ¿Qué piensa de que Marcelo justo murió pocas horas después del fallo?

- Soy muy creyente y Dios me da muestras de que es misericordioso. Pienso que no le dio la oportunidad a las fieras, las dejó con las ganas. Aunque no se haya llegado al fin de lo establecido por la Corte Suprema, esto marca un precedente muy triste. ¿Qué va a pasar con los niños especiales cuyos papás ya no estén y los familiares que queden a cargo los sientan como una carga y livianamente pidan la muerte digna? En este caso se da eutanasia encubierta: dejarlo morir de hambre y sed.

- Usted lo vio a diario. ¿Cómo lo veía?

- Era muy querido. No había manera de no quererlo a Marcelo. Era una persona de tamaño grande y para bajarlo de la cama había que utilizar un hidráulico. Con eso lo enganchaban y sentaban en la silla donde compartía el comedor diario con el resto de los internos. Lo peinaban, lo higienizaban. Lo trataban con mucho cariño.

- ¿Cómo vivió su muerte?

Lloré mucho. Me dio muchísimas tristeza. Muchísima congoja. Uno aprende a encariñarse con las personas. Me deja la paz y la tranquilidad de que hicimos todo los posible para defender su vida y lo recordaremos con cariño.