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Política Cavallo versus Ibarra, en 2000

Ballottage en la historia: por 16 puntos un candidato se bajó

La primera vez fue en 1996, y no lo indicaba la Constitución, aunque sí el voto directo. La segunda, en 2000, porque uno de los competidores desistió. A los porteños les costará más de $70 millones.

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Mucho se debate por estas horas, además de las presiones cruzadas - de adentro y de afuera del espacio ECO- para evitar que se lleve adelante el próximo 19 de julio el ballottage, entre Horacio Rodríguez Larreta, de PRO, y Martín Lousteau, de ECO, para definir al jefe de Gobierno porteño que, a partir del 10 de diciembre, reemplazará a Mauricio Macri. Los datos históricos cuentan que salvo en dos ocasiones, siempre se llevó a cabo esta modalidad.

Para algunos que piden a viva voz no realizarla, ante la diferencia de 20 puntos entre el primero y el segundo, la primera excusa es la económica: de esa forma se evitarían los $57 millones que costará a los porteños el ballottage, entre gastos de financiamiento para la campaña, autoridades de mesa, gastos del montaje del comando electoral, la reinstalación del sistema de voto electrónico-entre otros-. además de las pérdidas que se registran en restaurantes, bares y supermercados que ese día no podrán vender alcohol, y que asciende, de acuerdo a estimaciones de las Cámaras del sector, a unos $ 20 millones, al menos. 

El radicalismo se alzó con la elección de 1996. Puso al primer jefe de Gobierno electo y obtuvo mayoría en la Convención constituyente que dicto la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires.

La primera vez que los porteños eligieron con su voto al intendente, así se lo llamaba, fue el 30 de junio de 1996 ya que hasta ese comicio era una potestad del Presidente de la Nación, quien lo designaba a dedo, como se hace con un ministro. La reforma Constitucional de 1994, introdujo este cambio. Así fue que ese comicio lo ganó la fórmula radical compuesta por Fernándo De la Rúa- Enrique Olivera que obtuvieron 753.335 votos (39,89%).

El Frepaso realizó una buena elección y puso muchos convencionales. Si se revisa la lista se encontrará a muchos que hoy son kirchneristas.

El sistema electoral no preveía una segunda vuelta electoral y el entonces senador nacional se convirtió así en el primer jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires. En esa elección también se eligieron Convencionales Constituyentes para dictar la constitución de la Ciudad. El último Intendente puesto a dedo por el Presidente fue el peronista Jorge Domínguez, quien compitió luego en la elección, obteniendo números paupérrimos.

La fórmula De la Rúa- Olivera se alzó, con el 39.89% de los votos, con la primera elección directa del jefe de Gobierno porteño.

Ese mismo año, pero en octubre, se llevó adelante la Convención Constituyente de la Ciudad que sancionó la Constitución del distrito que comenzaba a tener cierta autonomía. En La Ley electoral introducida en esa Constitución se se contempló para el caso que ningún candidato superase más del 50% de los votos, el sistema de ballotage

La por entonces radical María José Lubertino, y Eugenio Zaffaroni, por entonces del Frepaso, fueron convencionales constituyentes de la Ciudad. Más atrás se ve a Nilda Garré, constituyente del Frepaso. La Asamblea sesionó en el Centro Cultural San Martín y fijó la constitución porteña.

La segunda vez, en que no ocurrió esto fue en la elección del 7 de mayo de 2000. Fue la segunda elección porteña. Se presentaron 14 fórmulas, pero dos se llevaron más del ochenta por ciento de los votos. El binomio Aníbal Ibarra-Cecilia Felgueras, que representaba a la Alianza que ya estaba en el gobierno Nacional, se impuso sobre Domingo Cavalllo-Gustavo Béliz, del partido Acción por la República: 49,31% contra 33,20%. No hubo mayoría absoluta: debía realizarse una segunda vuelta.. 

Pero la misma noche del comicio Cavallo debió renunciar al ballotage, lo habían dejado solo y lo hizo públicamente en medio de un ataque de nervios.

El inventor de la Ley de Convertibilidad,fue convocado por el gobierno de la Alianza como ministro de Economía.

La renuncia de Cavallo fue la resolución de una crisis que empezó el mismo día 7 de mayo de 2000, día de la elección. Estaban por dar las doce en Junín 202, sede de Acción por la República, el partido del ex ministro de Economía de Carlos Menem. Cavallo estaba irritado por la lentitud del escrutinio provisorio, que arrojaba los resultados que después se confirmaron: 49,4 por ciento de los votos para el candidato de la fórmula de la Alianza, Aníbal Ibarra- Cecilia Felgueras.

Mirá las perlitas en las boletas del partido Acción por la República, una creación de Domingo Cavallo.

Hecho una tromba, le comunicó a un grupo de gente lo que después dijo para todo el país: que sus rivales eran unos “tramposos” que estaban manipulando el recuento de votos para robarle la elección, y que aunque a Aníbal Ibarra le faltara “un solo voto” él no estaba dispuesto a tirar la toalla. Cavallo tuvo entonces una reunión privada con Beliz que no duró más de cinco minutos. Suficientes para que el líder de Nueva Dirigencia, el partido de Béliz, le aconsejara a su socio que esperara un rato para decidir qué hacer.

La Alianza venía del triunfo de De la Rúa-Chacho Alvarez en las presidenciales realizadas siete meses antes.

Cavallo no entró en razones. Explicó que si se demoraba, los diarios iban a cerrar la edición sin incorporar su discurso, y salió. Fue ahí cuando lanzó una serie de agresiones verbales contra Ibarra a quien tildó de “partisano”, “secretario”, “lacayo” e “impotente”. También sugirió la idea de un fraude que no logró probar. O sea, agravó la difícil situación en que lo había dejado la amplia derrota electoral. Fuentes del cavallismo intentaron justificar que el tono y el contenido del discurso que el ex ministro no se debieron al mal humor de la derrota sino “a que sentía que le estaban robando la elección”. 

La fórmula Aníbal Ibarra- Cecilia Felgueras festejó el triunfo junto al ex presidente Rául Alfonsín.

Al día siguiente, más tranquilo y convencido de la desición que tomó aprovechó para disculparse: “Mi intención no era agredir. Tengo un apasionamiento que todavía no he logrado controlar. La próxima vez voy a tratar de evitar este tipo de errores”, dijo. Acto seguido, dio su versión sobre el cambio de postura. “Pude constatar que la opinión pública en su mayoría piensa que es una pérdida de tiempo que se siga con la campaña”, explicó. Y aunque era día de capitulación, no se privó de criticar sutilmente a sus adversarios político. “Yo pensé que Ibarra, Felgueras y De la Rúa iban a aspirar a ganar con la cantidad de votos que marca la Constitución, pero no me cuesta nada bajarme, me resulta muy cómodo”, dijo.