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Viajando por el mundo: la aventura llamada Nueva Zelanda
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Viajando por el mundo: la aventura llamada Nueva Zelanda

Por Esteban Goldammer*

Ahí estaba yo, pendiendo de un hilo. O mejor dicho, de un cable formado por miles de elásticos que sujetaban mis pies y me entregaban al río Kawarau, que corría verde y turgente debajo de mi cuerpo cebado de una adrenalina que me hubiera hecho experimentar el bungy jumping cientos de veces. Claro, no voy a negar que segundos antes me encontraba sujeto cual garrapata al caño que formaba parte de la plataforma de lanzamiento, pero esa es otra historia. El salto fue el broche final de mi visita a la ciudad de Queenstown – Nueva Zelanda.


El salto fue el broche final.

Para los que no saben bien dónde se encuentra esta ciudad, los invito a buscar un mapamundi, apoyar el índice en Bariloche y girar el globo terráqueo hacia la  izquierda, o derecha (como lo hace la aerolínea de bandera), hasta llegar primero a Nueva Zelanda y después, a esta ciudad bautizada “la Bariloche neozelandesa”.

Es que el parecido de ambas ciudades (geográficamente hablando) es notable. El lago Wakatipu ostenta un azul que enamora y refleja todo lo que descansa a su alrededor: las montañas, el verde de la vegetación y la ciudad misma. Claro, hay una gran diferencia entre ambas ciudades y es el tamaño: la ciudad neozelandesa es pequeña, acogedora y tiene un centro que ocupa apenas unas manzanas. Pero
no por eso es menos divertida y atrapante.

Queenstwon se vanagloria de tener más de 220 actividades y atracciones para el visitante. ¡Y las hay para todos los gustos y edades! Desde las excursiones por el lago en catamaranes y en el famoso T. S. S. Earnslaw, un antiguo barco a vapor botado por primera vez en 1912 (el mismo año que el Titanic), que en su gran historia tiene la de haber tenido una participación en el Amazonas, en la película
Indiana Jones and The Kingdom of the Crystal Skul (la IV); hasta experiencias de mayor adrenalina como el Jet Boat (una lancha que se caracteriza por su velocidad y sus giros en 360 grados) o el Hydro Attack (una mezcla de jet ski y torpedo con forma de tiburón que navega a 80 km/h y es capaz de sumergirse y saltar hasta 5 metros de altura).

Hydro Attack.

Sin alejarse de la ciudad la oferta de atractivos es abundante. Queenstown Gardens, el parque ubicado en la península, que permite apreciar la bahía desde la orilla de enfrente, alberga la pista de hockey sobre hielo (habilitada sólo en temporada), canchas de tenis, un pintoresco y tradicional club de bowling (entiéndase bochas), un campo de Frisbee Golf (sí, en Nueva Zelanda el frisbee se practica como deporte), un jardín de rosas y, por supuesto, senderos para recorrer a pie o en bicicleta (se alquilan en varios lugares del centro).

Frisbee Golf. 

Incluso este gran jardín con árboles añosos, dispone de bancos de plaza para sentarse a disfrutar de increíbles vistas de la ciudad, las montañas y el lago. Desde allí también se puede observar el Skyline Queenstown Complex, un complejo que posee un cable-carril para llegar hasta los 790 metros de altura y disfrutar de las panorámicas, gastronomía de gran nivel en el Stratosphere Restaurant & Bar y circuitos de trekking y mountainbike de grado 1 a 6 de dificultad, además del Skyline Luge, una especie de carrito con manubrio para un descenso fantásticamente vertiginoso. Pero harán falta varios días o varios viajes para disfrutar de todo lo que tiene Queenstown. Y repito, basta pensar en Bariloche y elevarlo a la enésima potencia.

La gastronomía ocupa un lugar especial y a la oferta de restaurantes de todo tipo, se suman las excursiones gastronómicas que combinan visitas a establecimientos productores de quesos y a bodegas donde se degustan exquisitos vinos Riesling, Pinot Gris, Chardonnay, Sauvignon Blanc, o la verdadera estrella de la región: el Pinot Noir.

Y hay más, los alrededores de la ciudad tuvieron su fiebre del oro, por lo que se pueden visitar antiguos asentamientos que se formaron en torno al precioso metal. Arrowtown, a sólo 20 minutos de distancia, da prueba de aquellas épocas, conservando más de sesenta edificios originarios de esos tiempos y haciendo que un paseo por sus calles sea como viajar en el tiempo o sentirse dentro de una película.

Arrowtown.

En algunos lugares, incluso, si uno tiene la suerte de encontrar una pepita se la lleva a casa. Pero no hay que olvidar los parecidos entre Queenstown y Bariloche, dado que pronto comienza allí la temporada invernal y las posibilidades en torno a la nieve suman a esa gran cantidad de atractivos que tuve la suerte de conocer sin invertir un solo peso. Ah, claro, nunca aclaré como es que viajo gratis por el mundo. Bueno, la próxima les cuento.

*Es publicista, escritor y viajero. Autor de “Relatos de un HDP que viaja gratis por el mundo”. 

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