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Por todo el cuerpo

¡Help, tengo ladillas!

Digámoslo de una vez: las enfermedades de transmisión sexual producen una enorme sensación de vergüenza a quienes las padecen y, sin embargo, casi siempre tienen unos tratamientos muy sencillos y eficaces.

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Todo iba genial mientras tomaba sol con mis amigas al Parque Sarmiento. La heladerita con cerveza y agua mineral, el bolso con protector solar, las lonas, los sándwiches, todo. Teresita me preguntó cómo me había ido la noche anterior en mi cita con el hippie/actor/guapo/irresistible/looser que había conocido. Le conté que había pasado todo lo que podía pasar en una noche, en su departamento horrible de Once, sobre un colchón viejo prestado. Recuerdo que mientras hablaba me empezó a picar la… la chuchi, la cachu, la nena, o como sea que pinte llamar a la vagina. Me empecé a rascar con cierto disimulo -ojalá pudiéramos rascarnos la entrepierna en público como los hombres, pero no- y la foto que le sigue soy yo en el baño del Parque con la bikini en la mano y un rictus de desesperación en el rostro al descubrir un montón de cascaritas marrón clarito pegadas en mi pubis. Acto siguiente, detecto lo peor. Las cascaritas eran… unos horrendos bichos diminutos que me caminaban por ahí.  Señoras, señores, respetable público, vergüenza y escarnio… ¡eran ladillas!

Lo primero que me vino a la mente fue el recuerdo de esa primera cita atropellada y el enorme deseo de estrangular al candidato, o al menos desearle toda clase de desgracias.

La mala prensa de estos asquerosos bichos nublaba totalmente mi discernimiento. Pero les quiero decir que no es el fin del mundo.

El tratamiento es sencillo, eficaz, y de venta libre.

El vello púbico de hombres y mujeres puede infestarse con este pequeño insecto denominado piojo púbico o ladilla, mayormente por contacto sexual (aunque en mi caso creo más probable que haya sido el colchón espantoso antes que el contacto cercano).

Normalmente, las ladillas son de color tostado y tienen el tamaño de la cabeza de un alfiler. Son relativamente achatadas y, al observarlas sobre la piel, con frecuencia parecen un piojo pequeño.

Las ladillas son algo así. No ponemos la foto real porque es muy desagradable.

Asquerosas, sí, tienen patas que las ayudan a sujetarse al vello, donde ponen huevos. Estos, las liendres, parecen pequeños puntos marrones adheridos con firmeza a la base del pelo. Las ladillas adultas se alimentan de la sangre humana, y al hacerlo transfieren las proteínas de su saliva a la piel. Varios días después de que una persona se ha infestado, los anticuerpos de la piel reconocen las proteínas y liberan sustancias químicas que causan prurito e inflamación en la zona púbica: es el primer signo de que están allí. La zona empieza a picar de una manera realmente insoportable.

El tratamiento, insisto, es sencillo y accesible. Consiste en la aplicación de algún producto con Gammaclorociclohexano o Permetrina, que se consigue en cualquier farmacia. Se aconseja mantener durante doce horas la aplicación en la zona afectada. Para tener seguridad en la erradicación, se recomienda repetirlo durante dos días seguidos y realizar otro ciclo de otros dos días, una semana después.

Una buena noticia: depilarse la zona, si bien no es obligatorio, elimina los parásitos y los huevos que se encuentran en el pubis, e impide el anidamiento de nuevos parásitos. ¡Excusa perfecta para hacerse el cavado completo y la tira de cola!