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Gracias por tanto, Leo

Por Sebastian Gomez

Gracias por tanto, Leo

Gracias por tanto, Leo

El genio del fútbol mundial jamás dudó en defender la Albiceleste. Así y todo, le disparan sin piedad  pocas cosas pueden doler más en la vida que sentirte despreciado en tu tierra. Esa que uno ama y añora en cada segundo de su vida que transcurre en otra latitud. Porque extraña los amigos, la familia, las costumbres, los olores, los rincones. Quien está afuera hasta idealiza momentos que cree que han sido extraordinarios y, sin embargo, cuando vuelve a transitarlos, se da cuenta que en realidad no se trataba de algo tan especial como atesoró en su imaginario. Hasta el más mínimo detalle se echa en falta cuando se siente en cada instante el desarraigo.


La historia de Lionel Messi se escribió y contó una y mil veces. Hasta el hartazgo. Todos -o casi- saben que a los 13 años se bancó mudarse a otro país, primero con su padre y luego con el resto de la familia, para probar suerte en un club que se dignara a pagarle el tratamiento de salud debido a sus problemas de crecimiento. Es que en nuestro país, el mismo que el de Messi, el presidente de entonces de su querido Newell’s dijo que era una locura costear el tratamiento de un chico que ni se sabía si llegaría a primera. Si, claro, fue un gran visionario del fútbol. Tanto que fue expulsado del club rojinegro, tiempo después, sospechado de los más graves actos de corrupción, aprietes y violencia que se puedan imaginar en nuestro fútbol.

LOS DOS QUE APOSTARON POR EL

Cuando llegó a la cantera del Barcelona sólo hubo dos personas que apostaron por él. En primer lugar, el intermediario futbolístico Josep María Minguella, toda una institución en el mundo de los negocios del fútbol en Catalunya, y Carles Rexach, el histórico ex jugador azulgrana, que tenía a su cargo las decisiones en el fútbol de base. Luchó contra el escepticismo generalizado, soportó sumarse a un grupo ya formado (entre otros fue compañero desde aquel momento de Cesc Fábregas y Gerard Piqué) que solía dejarlo de lado y no creía que alguien con su diminuta humanidad podría triunfar en el fútbol. En las charlas de vestuario se quedaba siempre afuera. No cazaba una del catalán y eso, sumado a su timidez, formaron el combo ideal para su introversión.

Pero el fútbol se encargó de todo el resto. Cerró bocas tan rápido como gambeteó rivales. Empezó a despertar suspiros y los agoreros de turno tuvieron que comerse sus palabras. Prefirieron el silencio a quedar en ridículo ante las elocuentes evidencias de que se habían equivocado de cabo a rabo al vomitar impresiones prejuiciosas antes de dejar que “el chavalito argentino” pudiera demostrar lo suyo.

Se hizo fuerte, tuvo que crecer de golpe y en un abrir y cerrar de ojos saltó a la primera del Barça. Al unísono, llegaron las reiteradas invitaciones de la Real Federación Española de Fútbol para que se sumara a la selección ibérica, algo legalmente factible por su doble ciudadanía. Pero no. El chico seguía acuñando un sueño que tenía dos colores: el celeste y el blanco. El ya difunto Julio Grondona, rápido de reflejos, hizo lo suyo para que su amigo Angel María Villar, el titular de la RFEF, no le ganara de mano y convenciera, producto de su insistencia, al joven rosarino para vestir la camiseta roja.

Lo más fácil para Messi hubiera sido decirle sí a los españoles. Si hubiera jugado con sus amigos Xavi, Piqué, Fábregas, Puyol, Busquet y Pedro, ya tendría en sus vitrinas una Eurocopa y una Copa del Mundo.

Pero el amor fue más fuerte. Se decantó por su país. Ni siquiera quedó resentido por el hecho de que Newell’s y River se hayan negado a pagarle su tratamiento por el déficit hormonal. Sin chistar, hace años que se sube a los vuelos transoceánicos para defender los colores de su país. Por el promedio de gol que tiene, en poco más de un año se convertirá en el máximo realizador de la Selección Nacional, récord que hoy ostenta otra leyenda, Gabriel Batistuta. Fue campeón del mundo en la categoría Sub-20, campeón olímpico en Pekín y finalista de un mundial y de una Copa América.

Fue figura en más de la mitad de los partidos que jugó. Siempre, sin excepción, fue el jugador más golpeado por los rivales. Jamás respondió a ello con un desplante. Tuvo la desgracia, en las dos finales que le tocó disputar, de no jugar como Messi y de que sus compañeros no hayan sabido aprovechar los espacios que él mismo generó por el sobremarcaje ideado por los técnicos rivales.

DURAS CRITICAS

En el mismo país que él eligió representar, en lugar de tener orgullo por ese sentido de pertenencia que el crack sigue enarbolando, no fueron pocos -tampoco todos- los que lo acusaron de tener los pectorales frescos, de amargo y tantos otros elogios. Lo atacaron y atacan sin piedad, con una saña que no deja de asombrar. ¿Qué pasará por la cabeza de ese joven que cuando habita Catalunya no hace otra cosa que pensar en la Argentina? ¿Le habrá valido la pena esa innegociable apuesta por la Selección de su país ahora que es carne de ridiculizaciones varias en cuanta red social haya?

Así es el fútbol. Un deporte en el que muchas veces, bajo el disfraz de la pasión, brotan las actitudes más hirientes y descarnadas. Mientras tanto, el pibe que le dijo que no a España, en pocas semanas volverá a decirle que sí a la Argentina para disputar las Eliminatorias. Y hasta que no sea campeón del mundo, muchos se arrogarán el derecho de juzgarlo con el peso de quien se cree dueño de todas las verdades. #YoBancoAMessi