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Radiografía de Mirta "Cuca" Antón, la torturadora de la "Gestapo Cordobesa"

Esta semana, 28 genocidas fueron condenados a cadena perpetua en el marco de la megacausa La Perla -que incluye los centros clandestinos "La Perla", La Ribera y el Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba (D2). La única mujer condenada fue Cuca Antón, una persona cuyas víctimas describen como desalmada y perversa.

Por Rodolfo Palacios

Mirta Graciela Antón ahora está de pie frente a un ventanal, en el pasillo de los Tribunales, mirando a los chicos que entran al colegio de enfrente. Busca entre ellos a su nieta de ocho años. Dos veces por semana, cuando la llevan en patrullero desde la cárcel hasta los tribunales donde se realiza el juicio, intenta verla desde esa ventana. Una vez la nena la descubrió, detrás de los vidrios, y la saludó desde lejos. 

Mirta Cuca Antón, durante el juicio
Mirta Cuca Antón, durante el juicio

―Ella sabe que en la ventanita que está arriba del escudo de la Argentina está su abuela. Mi hija le dice que trabajo acá pero que no puedo salir porque me retan ‒dice Antón.

En 2007, el antiguo edificio del D2 fue declarado Monumento a la Memoria y desde entonces funciona allí un museo que conserva un archivo con 136.242 fotos de los detenidos, que se guardaba bajo el rótulo “Registro de Extremistas”. En la Sala Escrache –así se llama, en la Argentina, a las manifestaciones organizadas a sitios donde viven o trabajan personas relacionadas con tramas oscuras‒ hay una foto gigante de los represores. Fue tomada durante uno de los juicios. En la primera fila aparecen Jorge Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez. Dos más atrás, seria, mirando a cámara, está Mirta Antón.

―Una vez, mi nieta mayor vino a verme llorando. Pobrecita. La habían llevado al museo, con la escuela. Y me vio en una foto como si yo fuera un monstruo.

Antón llora. El delineador se le corre. Se limpia las lágrimas con una servilleta de papel. Llevo sólo una hora con ella y ha demostrado ser una mujer intensa: ríe, llora, se enoja, cuenta su vida sin orden, y siempre permanece atenta a lo que ocurre en el pasillo. A unos pocos metros, el militar Jorge Exequiel Acosta le grita a su abogado, diciéndole que en la cárcel no lo dejan usar computadora.

―Están nerviosos los muchachos ‒dice Antón.

Héctor Vergez, que en sus épocas de espía y torturador se hacía llamar “Capitán Vargas”, camina con un bastón de caña. Lleva una camiseta, jogging y zapatillas viejas. Su vestimenta contrasta con la de Ernesto “El Nabo” Barreiro, uno de los militares responsables del llamado “levantamiento carapintada” que, en 1987, quiso derrocar al presidente Raúl Alfonsín. Barreiro, ex jefe de interrogadores de La Perla y líder de un grupo de tareas, sale ahora de una de las salas donde los acusados pueden recibir a sus familiares. Va vestido con un saco a cuadros, corbata y pantalón marrones, camisa blanca y zapatos negros. Se toca la corbata con nerviosismo. Pidió una ensalada pero no le trajeron aderezos.

"Menéndez y Videla eran dos caballeros. En el anterior juicio no podía creer estar con ellos. Me sentía parte de una película. Mis hijos estaban orgullosos porque también pudieron saludarlo. No es común estar con un ex presidente con una humildad especial. (Mirta "Cuca" Antón)

―¿Y el vinagre? –le pregunta al mozo que es el encargado de distribuir los pedidos en el pasillo.

―Me lo olvidé, ahora se lo traigo.

Unos 15 minutos después, el mozo vuelve sin el vinagre.

―¿El vinagre? –vuelve a preguntar Barreiro, que se asoma desde la sala.

―¡Ah! Me lo olvidé. Qué cagada –le responde el mozo.

Barreiro –que sólo dejaba ir al baño a los detenidos con la condición de que gritaran “Viva Hitler”‒ no dice nada.

Antón no tiene hambre. Ni ganas de tomar agua o café. Se sienta en uno de los bancos, frente a una de las ventanas que dan a la calle.

―Cuando era chiquita me gustaba ver trabajar a mi madre, con metros y metros de seda sobre el regazo, con el alfiler en la boca, apenas iluminada por la luz. Me parece verla haciendo vestidos de novia o cosiendo carpas para los gitanos –dice, acariciándose el buzo marca Puma con la palma de la mano derecha.

―¿De su padre qué recuerda?

―Cosas muy bellas. Y otras muy tristes. Una vez el médico le prohibió que siguiera tocando el piano, porque tocaba y lloraba y parecía que el corazón le iba a estallar. Era una emoción tan fuerte, que le hacía mucho mal. Cuando vendimos el piano, lloró como un niño. Amaba ese piano. En tiempos de vacas flaquísimas, después de salir en libertad, se dedicó a dar clases de piano y a remendar zapatos. Al final, volvió a entrar en la Policía. El piano, que era un Burmeister Lamberghini, era el objeto más preciado de la casa. Lo más querido por mi padre. Se sentaba en su taburete de caoba, y se transformaba. Me pedía siempre que lo acompañara cuando tocaba la “Zamba azul”. Para él, tocar el piano era como volar.

"Si tengo que elegir, me quedo con Macri. Es el mejor de los tres porque Massa y Scioli son peronistas (Luciano Benjamín Menéndez)

De genocida a genocida: su admiración por Menéndez

Menéndez, el genocida con más condenas
Menéndez, el genocida con más condenas

El sol da de lleno en el pasillo, y las ventanas permanecen cerradas, de modo que, aunque es invierno, el clima es asfixiante. Le pregunto si Luciano Benjamín Menéndez está aquí o se quedó en la cárcel.

―¿El general? ¡No! Viene siempre. Pobrecito, está en una sala porque anda mal de salud. Le toman la presión, le dan agua. Está aparte.

―¿No habla con ustedes?

―Sí, es un encanto. Un ca-ba-lle-ro. Vení que te lo voy a presentar.

Se pone de pie y me indica que la acompañe. Recorremos el pasillo y entramos en una de las salas. Allí, sentado en una silla, con las manos entrelazadas, encorvado, mirando el piso, el pelo blanco engominado, los zapatos marrones, el sobretodo negro con la escarapela argentina, está Luciano Benjamín Menéndez. Todo en él parece hecho de fragilidad, hasta que levanta la cabeza y se ve su mirada rabiosa, las bolsas debajo de los ojos caídos. Aunque le quitaron su rango militar, Antón lo saluda como si siguiera siendo el hombre feroz que manejaba a miles de hombre feroces.

―¡General! Este muchacho es periodista y quería conocerlo. No es para menos, usted es una leyenda.

Menéndez intenta levantarse y emite un quejido que intenta ser una sonrisa.

―Mi general, no se pare. Está bien –le dice Antón.

Pero Menéndez se pone de pie y me da la mano. Es una mano blanca, débil, lenta, llena de venas y manchas. Si la apretara con fuerza, siento que podría deshacerla.

―Esto es injusto. Me sacaron las ganas, la tranquilidad y el tiempo –dice Menéndez, haciendo un esfuerzo por hablar mientras Antón lo sostiene por el brazo‒. Felizmente, Néstor Kirchner está muerto. Todos los días le pido a Dios que este gobierno se vaya antes de que me muera. Muchos se pondrían felices si me muero.

―General, no diga eso. Aunque es cierto que cuando murió Videla mucha gente festejó. Miserables –dice Antón.

Una mujer rubia y robusta, pariente de uno de los acusados, pasa y dice:

―El general es el único prócer que nos queda. Es nuestro San Martín.

Menéndez sonríe, pero su sonrisa parece un gesto de dolor.

―Sé que voy a morir en la trinchera, como murió Videla. No lo extraño, porque los viejos nos endurecemos. Este país se parece a Venezuela y a Cuba. A eso nos llevaron los marxistas. Hay que reconocer que los peronistas son hábiles. Se odian, pero tienen la destreza de unirse y ganar siempre. No me gustan Scioli ni Massa ni Macri. Pero si tengo que elegir, me quedo con Macri. Es el mejor de los tres porque Massa y Scioli son peronistas.

Antón lo ayuda a sentarse, le ofrece un vaso de agua y lo abraza. Antes de irme, Menéndez me da la mano y me dice:

―Gracias, m’hijo, por la visita.

Nosotros salimos de la sala y volvemos al pasillo.

"Ahora inventaron lo del nieto de Carlotto para tapar los dramas del país (Mirta "Cuca" Antón)

―Él y Videla eran dos caballeros. En el anterior juicio no podía creer estar con ellos. Me sentía parte de una película. Videla era muy atento. Se paraba para saludarme. Una vez, me dijo: “A la única mujer que beso es a mi mujer, pero con usted haré la excepción”. Y me dio un beso en la mejilla. Mis hijos estaban orgullosos porque también pudieron saludarlo. No es común estar con un ex presidente con una humildad especial.

Después, Antón camina hacia la ventana desde la que puede ver la escuela de su nieta. Mira la hora, se lamenta. Ya no queda ningún chico en la calle.

―No. Ya entró. Otro día que pierdo sin verla.

Se apoya contra una pared, resignada, y prende un cigarrillo. Dice que cuando vuelva a su celda escribirá en el diario: “Otra vez no pude ver a mi nieta. Siempre lo mismo. Tan cerca y tan lejos”. Un pequeño insecto, un escarabajo con el caparazón negro cubierto de pintas anaranjadas, que en la Argentina se llama vaquita de San Antonio, le camina por el brazo. Ella lo toma delicadamente con dos dedos y lo apoya en el piso. Vuelve a mirar hacia la calle, sin nostalgia, como si la calle fuera un paisaje del pasado, de una vida vivida por otra persona. El viento mueve las hojas de los árboles y levanta tierra. No hay mucho para ver: la escuela, un descampado, un campo deportivo, perros flacos. Pero Antón dice que, de tanto ver ese paisaje, es capaz de detectar hasta las más leves variaciones. Asegura que los perros son ocho, a veces seis. Que puede decir si a un árbol le crecieron hojas, si cambió la dirección de las ramas.

―Ni siquiera me da la tentación de saltar por la ventana y escapar. Hasta podría hacerlo cuando nos trasladan. Pero no vale la pena. Miro la calle y no la veo ni con tristeza ni con alegría ni con esperanza ni con rabia. No me mueve ni me conmueve. Es la nada. Me siento presa aun estando acá.

Entonces hace silencio y, después de unos segundos, pregunta:

―¿Sentís?

―¿Qué?

―Eso que acaba de pasar. ¿No lo sentiste?

―No. ¿Qué pasó?

Antón está pálida. Se abanica con la mano derecha.

―El temblor que hubo en el piso. Fue como si hubiese pasado un tren por abajo.

―No lo noté.

―No estoy loca, yo lo sentí. Un tucutucutucu.

―Está bien, no digo que esté loca...

―¡Ahí está otra vez! El segundo temblor. Tucutucutucu. Como si corriera electricidad abajo de los pies.

Abre los ojos, con una mezcla de temor y asombro. Toca las paredes, mira por la ventana.

―Esta vez lo tenés que haber sentido. Otra vez se movió el piso. Es un peligro. Si pasa algo acá, no hay de qué agarrarse. Encima sufro de vértigo.

Yo, en verdad, no sentí nada. Aunque en algunas ciudades de Córdoba hubo sismos en 2012, en 2014 no se registró ningún temblor. Después comprobé que el Instituto Nacional de Prevención Sísmica no reportó temblores ese día. Pero Antón lo repitió muchas veces aquella tarde:

―¡Cómo se movió el piso! Tucutucutucu.

*

Inteligencia y contrainteligencia

El miércoles 6 de agosto, a las 10 de la mañana, estoy otra vez en los Tribunales. Es mi segundo día en ese pasillo y Antón me recibe con dos latas de gaseosa y cuatro empanadas árabes. Usa una campera marrón de gabardina, un suéter blanco, pantalones negros y zapatos de gamuza.

―Estas empanadas se las pedí al mozo, para que almorcemos. Las que cocino yo son más ricas.

Hace una pausa y me mira el antebrazo derecho.

―Acá tenés tatuado el nombre de tu hijita –dice mientras me toca justo donde tengo el tatuaje.

Me sorprende que tenga ese dato. El día anterior tenía puesta una camisa de manga larga y ahora una campera, de modo que ella no tuvo manera de ver mi tatuaje.

―¿Cómo sabe? –le pregunto.

Antón se ríe:

―Yo sé cosas de vos. No puedo con mi genio. Si vos me investigaste y leíste de mí, ahora estamos a mano. Yo trabaja en un área donde llegaba lo que se secuestraba a los terroristas. Por ejemplo, si el detenido se llamaba Rodolfo Palacios, yo escribía eso, sacaba las cosas de la bolsa, las enumeraba en una máquina de escribir y dejaba constancia de todo eso. Lo ponía en un legajo. Si había papeles rotos, los unía como un rompecabezas. Hacía así –dice, rompiendo una servilleta en varios pedacitos y empezando a unirlos‒. Y trataba de descifrar el mensaje. Capaz que aparecían datos de las bombas que pensaban poner.

―¿Ese material desapareció?

―Ni idea –dice, encogiéndose de hombros–. También había muchos libros, mucho Estrella Roja, mucho El Combatiente, mucho Evita Montonera, mucho Trotsky, mucho Marx, mucho Che Guevara. Yo sólo hacía eso. Me la pasaba entre papeles. Trabajaba de 7 a 14. Inventaron que me metía con los presos. ¿Cuántos años tenés?

―Tengo 37.

―Casi la edad de mi hija. En cualquier momento te hacen un ADN. A mi hija se lo querían hacer, pero es muy parecida a mí.

De pronto un hombre que pasa cerca dice, en voz muy alta:

―¡Son unos chantas!

―Sí, ahora inventaron lo del nieto de Carlotto para tapar los dramas del país ‒dice Antón, que no ha probado todavía las empanadas, haciendo referencia a la aparición, en 2014, del nieto de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.

"Felizmente, Néstor Kirchner está muerto. Todos los días le pido a Dios que este gobierno se vaya antes de que me muera. Muchos se pondrían felices si me muero. (Luciano Benjamín Menéndez)

Entre 1974 y 1977, Mirta Antón mereció el elogio de sus jefes, según se desprende de su legajo: “La citada suboficial posee gran conocimiento profesional, responsable y muy celosa en el cumplimiento de su deber, de un gran espíritu de colaboración y sacrificio, haciéndose destacar de forma especial sus méritos personales, máxime en su condición de mujer. Leal y respetuosa con sus Superiores. Por sus condiciones personales sobresale entre sus camaradas”.

―En mi casa, mi padre no hablaba de su trabajo. Me daba consejos y tanto él como mis compañeros me cuidaban. Pero en 1985 murió de un infarto. Tenía 67 años. Era fumador. Entré en una depresión profunda y pensé en matarme. Él era mi sostén. Por eso, ese año decidí irme de la policía con licencia psiquiátrica. Cuando se desmembró el D2, me mandaron al Departamento de Judiciales y al final al área de jubilaciones. Todos los días extraño a mi padre.

De todos modos asegura que, en verdad, le produce cierta alegría que él no pueda verla en la cárcel.

―Estoy en una caja de zapatos.

Me pide el cuaderno y la lapicera y dibuja su celda, un rectángulo estrecho que divide en cuatro: el lugar donde duerme, el baño y la cocina . A un lado, un pasillo y un paredón. Al otro, la única vista que le permite la puerta enrejada: las cuatro pequeñas celdas de castigo. Allí, dice, las mujeres pasan días sin luz, sin poder salir al patio, con poca comida.

―Por más que cierre los ojos, escucho el dolor de esas mujeres. Por eso a veces trato de evadirme y escucho a Wagner, a Tchaikovsky. También me gusta la música gregoriana, Plácido Domingo, Andrea Bocelli, Marta Sánchez.

Pero no le gusta el cine. Cada vez que sus hijos le dicen que fueron al cine, ella los reta por haber perdido el tiempo.

―Lloran o se conmueven por un actor que gana millones.

―¿Puedo hablar con sus hijos?

―No los quiero exponer. Y ellos no van a querer hablar. Conmigo es suficiente.

Se pone inquieta. Se sienta, se pone de pie, camina. Uno de los policías le ordena:

―Antón, sentate que están por pasar los jueces.

Ella no obedece, y no es la única: hay otros acusados de pie.

―¡Antón, sentate!

Ella sigue sin sentarse.

―¡Antón, te dije que te sentaras! ¡No me busques más! ¡Andá a sentarte! –grita el policía, usando el tono que usaría un maestro con un alumno travieso.

―Tratame con respeto –le pide Antón.

El policía la mira con desprecio y dice algo entre dientes. Luego se acomoda el cinturón, y se sienta.

―¿Qué dijo el animal ese? –me pregunta Antón.

―No escuché.

Ese episodio la altera y, aunque trata de retomar la conversación, mira una y otra vez al policía, y él le devuelve la mirada.

―Antón, no me busques –le advierte.

―Sacate la gorra, botón –le dice ella, en jerga callejera.

―Me estás buscando desde hoy, Antón.

Ella lo mira y se ríe, burlona.

―No rompas las pelotas, Antón.

Entonces, Mirta Antón atraviesa el pasillo y se sienta en otro banco. Yo, claro, la sigo –qué remedio‒, y me siento junto a ella. El policía no dice nada, pero la mira con el ceño fruncido.

―Es un maleducado el tipo ese. Un irrespetuoso. Ensucia al uniforme. Mirá la panza que tiene. Hay otro que tiene cara de gorila pero es más bueno. Este es un botonazo –dice, en voz muy alta‒. Seguro desayunó con garra de león, pobre imbécil.

"Me pinchaba con alfileres y me pisaba los testículos con los tacos de sus zapatos. Era Antón. Pude verla cuando se me corrió la venda. La reconocí porque íbamos al mismo club de baile (Humberto Vera, detenido en D2 en 1974)

El policía ahora la mira fijo.

―Debe tener andropausia, que es la menopausia del varón. Es un conchudazo.

Mira por la ventana, dice que busca a una paloma que tiene su nido en una columna del edificio, pero no la ve.

―Este gordo la debe haber espantado. Ni en la casa lo deben querer.

Una mujer joven entra y saluda a uno de los detenidos. Usa una remera con un gran escote y un pantalón de jean ajustado. El policía le sonríe y la acompaña. Antón se indigna:

―Ahí está el problema. Lo que decía yo. Este va a la casa y la mujer está con otro. Ve una piba linda y se hace el Brad Pitt. Y es un espanto, ni se debe mirar al espejo.

De pronto, noto que Antón está muy agitada.

―Yo no sé qué les hice. No sé por qué me hacen todo esto.

La voz empieza a resquebrajarse, como algo seco.

―No... no... no aguanto más.

Y comienza a llorar. Con grandes sollozos. Sin consuelo. En ese momento, su hijo Mariano aparece por el pasillo, vestido con el uniforme de la policía. Tiene 24 años.

―¿Qué te pasa, mamá?

Antón solloza, parece una niña que le está por contar a su padre que una compañera le tiró del pelo.

―Ese policía me trató mal ‒dice, señalando al policía, que acaba de regresar a su sitio.

Mariano lo mira y está por decirle algo, pero ella lo detiene.

―Dejá, después me van a hacer problemas. Cambiemos de tema. Hijito, decile al periodista cómo es tu mamá. ¿Es un diablo, como dicen?

El muchacho sonríe, la abraza, dice:

―Mi mamá es un sol. No hay ser más bueno que ella.

―Es un dulce, el nene. Y un gran policía, como el padre. ¿Sabías que es un experto en tiro?

Las empanadas ya están frías, pero Antón toma una, la muerde. Un poco del jugo del relleno cae en su pantalón. Lo limpia con una servilleta de papel.

―Este pantalón era nuevo. Aunque viva en la cárcel, me gusta ser elegante.

―¿Tiene mucha ropa?

―Mucho menos de lo que querría. Me gusta vestir bien. Pero mi debilidad son los zapatos. Tendría cientos.

Genocidas acusados de delito de lesa humanidad. Entre ellos, Cuca Antón
Genocidas acusados de delito de lesa humanidad. Entre ellos, Cuca Antón

*

Las víctimas que la sufrieron y que pudieron contar su historia

En el primer juicio contra Mirta Antón, María del Rosario Miguel Muñoz, militante de izquierda secuestrada el 19 de diciembre de 1975, declaró: “Cuando llegué [al edificio del D2] me sodomizaron, me golpearon después y me pusieron en un patio hasta la mañana. Creo que eran como las 7 y llegaron los torturadores que marcaban tarjeta, como si fueran panaderos. Me llevaron a una sala de torturas con toda la panoplia de la tortura: picana, submarino. Mientras era golpeada e interrogada, una torturadora que tenía tacos altos de aguja saltaba sobre mí. Luego supe que estaba embarazada. Al mediodía los verdugos se retiraron a almorzar y al regresar me hicieron un simulacro de fusilamiento”. En el reconocimiento fotográfico, María del Rosario Miguel Muñoz señaló a Mirta Antón como la torturadora embarazada de tacos altos.

En ese mismo juicio, un testigo declaró que Mirta Antón, y dos policías más, habían secuestrado a María de las Mercedes Gómez de Orzaocoa, embarazada de siete meses, aún hoy desaparecida, a quien sometieron a la picana eléctrica, al submarino, una simulación de fusilamiento, golpes, quemaduras de cigarrillos y vejaciones sexuales.

Humberto Vera fue detenido en 1974. Era delegado de una fábrica. En abril de 2014, en el marco del juicio de La Perla, declaró que, entre sus torturadores, había una mujer: “Me pinchaba con alfileres y me pisaba los testículos con los tacos de sus zapatos. Era Antón. Pude verla cuando se me corrió la venda. La reconocí porque íbamos al mismo club de baile”.

Gloria Di Rienzo, también testigo en ese juicio, dijo, según consta en el expediente: “Cuando me torturaron, ella me retorció los pezones y me tiró agua caliente para que abriera las piernas y los policías me pudieran violar”.

Carlos Eduardo Santa, testigo en la misma causa, declaró: “Entre tantos hombres, escuché una voz de mujer. Era La Cuca. Después de acercarse a mí y decirme un montón de groserías, me dijo los nombres de cada uno de los que vivían en mi casa, cerca del hipódromo, en Barrio Jardín. Supongo que ella vivía por ahí. Muchas veces escuché hablar de ella y el sadismo que tenía, especialmente con las mujeres”.

 

*

Según el relato de Charlie Moore, en el invierno de 1975, en la ciudad de Córdoba, Mirta Antón, Raúl Buceta y Herminio “Boxer” Antón salían a menudo a “cazar” jóvenes militantes con “carnadas” humanas. Una de esas noches, mientras Buceta y Boxer esperaban en el auto, Mirta Antón y una chica joven, detenida en el D2, esperaban sentadas en una parada de colectivos. Antón tenía 21 años y la chica 19. Mientras le hablaba como si fuera su amiga, Antón le apuntaba con un arma a las costillas y le ordenaba: “Hablame, sonreí”. Minutos después se acercaron dos muchachos, que saludaron a la chica. Aunque ella se esforzó en no darles conversación, Mirta Antón comprendió que se trataba de compañeros de la universidad. Cuando quedaron solas, Antón se levantó y llevó a la chica al auto. Al subir, dijo: “Dos más en la lista”. Al llegar al D2, entre los tres torturaron a la chica hasta que dio los nombres de sus dos compañeros.

Días después, en el mismo lugar, Antón picaneaba a otra mujer joven: en la vagina, en los pechos, en el estómago, en las orejas. Antón no sabía el nombre de esa mujer, pero algo las unía: las dos estaban embarazadas.

 

*

 

―Es un personaje siniestro, perverso. Verla sonreír cínicamente en las audiencias, cuando alguna testigo relata las torturas, es insoportable. Cualquier mujer secuestrada lo que menos deseaba era caer en manos de La Cuca –dice la periodista argentina Ana Mariani, coautora, con Alejo Gómez, de La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración (Aguilar, 2012).

Marta Susana Tubis, según consta en las fojas 14.224/25 del juicio de La Perla, declaró que Mirta Antón participaba de las sesiones de tortura que ella sufrió en 1976: “Mientras los otros me pegaban, ella hacía como esos intentos de violación, como meter los dedos en la vagina, en la cola y retorcer pezones”. Charlie Moore, en su declaración, la acusó de haber torturado a su mujer, Mónica Cáceres (los dos fueron detenidos en 1974 y liberados en 1980): “La metió en una pieza y empezó a torturarla. No le preguntaba nada porque en realidad de esa forma quería torturarme a mí. Mientras la amasijaba, se reía como una loca. Se vestía como una puta de cabaret, con jeans ajustados, zapatos con tacos y toda pintarrajeada. Eso le daba un tinte grotesco a su maldad”. Ramona Domínguez, ex policía, declaró que en el D2 las mujeres no torturaban, “a excepción de Graciela Antón, que era joven y tenía muchas ínfulas”.

A partir de su propia investigación y de la información que pudo recabar cuando estuvo detenido en el D2, Charlie Moore dijo que Antón y los grupos de tareas del D2 mataron al menos a 12 policías, y se mostraron después acongojados ante sus familiares, a quienes ofrecieron custodia para prevenir “posibles atentados”. “Al mismo tiempo, comenzaron a robar. Casi todos los del D2 estaban implicados: La Cuca, Sérpico, Cara con Rienda. A mi familia le sacaron 50.000 dólares, pero desplumaban a todos. Hacían hasta piratería del asfalto. Yo los veía cuando volvían de robar. Sacaban la guita de las bolsas y repartían. Se pusieron un negocio donde vendían lo robado. Un día, una mujer compró una heladera en ese negocio y vio que tenía inscripta la leyenda ‘AVONPLAS’, que era un mensaje del ERP que significaba ‘A vencer o morir por la Argentina socialista’. Obvio que la habían robado a los guerrilleros”, declaró Moore ante los jueces.

A otros policías los torturaron porque no querían participar. Uno de ellos es Luis Urquiza, que vive en Dinamarca y aceptó responder algunas preguntas por correo electrónico: “Yo trabajé unos meses en el D2. Y ellos me detuvieron porque pensaron que yo era un infiltrado. Antón me torturó. Me pegó con un latiguito en una herida que tenía en la pierna. Y me decía ‘traidor’ al oído. Tanto ella como su marido, Sérpico, me torturaron con golpes y me quemaron con cigarrillos. Ella me clavaba los tacos. Yo estaba en el piso. A mí me torturaron porque estaba marcado como zurdo y creían que estaba infiltrado. Esa patota salía a chupar gente. Antón tenía la influencia del padre. Yo lo nombré en la causa porque marcaba gente. Se metía en gremios y en universidades como infiltrado. La que siempre fue extraña y enfermiza es la relación entre Sérpico y Antón”.

 

*

 

Mirta Antón conoció a Raúl “Sérpico” Buceta en el D2, en 1974. Ambos trabajaban allí, y tenían 19 años. Él empezó a invitarla al cine, a acompañarla a su casa, hasta que una noche le dijo: “Estoy enamorado de vos”. Ella dice que, con el tiempo, también se enamoró, pero que la relación no era fácil: él estaba separado, tenía una hija (ella lo supo antes que él se lo dijera porque revisó su legajo policial), y Antón sabía que sus padres no iban a aceptarlo.

―No me gustó la idea de embarcarme en ese compromiso, mi familia era muy estructurada y yo, criada por abuelos, muy a la antigua. Como había sido catequista de la Parroquia de mi barrio, no me cerraba esa cuenta.

Dispuesto a seguir adelante, Buceta decidió hablar con el padre de ella. “Mire –le dijo‒, estoy enamorado de su hija”. “Lo único que le pido es que la cuide como la cuidamos nosotros. Ella está acostumbrada a vivir como una reina”, respondió el padre. “No se preocupe, conmigo no le va a faltar nada”, le aseguró Buceta. Aunque sólo se casarían en 1991, una vez aprobada la ley de divorcio en la Argentina, se fueron a vivir juntos inmediatamente. En 1975 la policía los envió a Buenos Aires, a hacer un curso de explotación (el término más adecuado era “análisis”) de material terrorista.

―Íbamos a quedarnos un mes –dice Antón, en el pasillo de Tribunales‒, pero al tercer día de estar allá, los guerrilleros pusieron una bomba en la casa de mis padres, en Córdoba. Nos volvimos en avión. Mi familia pudo escapar, pero la casa quedó destruida. El techo cayó como si fuese de trapo. Mis padres se mudaron. Nunca supimos quién fue el autor del atentado.

Durante ese viaje interrumpido quedó embarazada de Letizia, su primera hija. La llamaron así por el personaje de una película en la que actuaban Alain Delon y Jean Paul Belmondo, que habían visto en el autocine.

―Mi marido fue el amor de mi vida, un excelente compañero, un gran padre y un laburante terrible. Ya te contaré cómo murió. Fue terrible. Yo laburé en el D2 hasta que me pedí licencia por el embarazo. ¿Cómo pueden pensar que una embarazada va a torturar? ¡Y torturar embarazadas!

En su diario íntimo, cuenta detalles intrascendentes ‒qué medicación tomó, en qué dosis, quiénes la visitan, qué come, qué escucha en la radio‒, pero también cosas como estas: “Necesito un abrazo que me quiebre los huesos, extraño mi mundo exterior: mis hijos, mis nietos, mi casa, mis plantas, mi césped, los perros, el barrio, mis vecinos”, anotó el 13 de febrero de 2012. El 14 de febrero, un día más tarde: “Planté un árbol, que aún vive en la puerta de mi casa, tuve hijos, sólo me faltaba esto, escribir un libro”. El 28 de abril de 2012: “Es sábado, otra vez tengo una perrita. Se llama Bunky, sólo que a la otra la hicieron sacar con traslado y la mataron de un tiro. A esta trato de disfrutarla y espero que no me la quiten y no la tiren a la calle. Aquí se vive el día a día, o morís de pena y soledad. Bunky tiene un collar verde de goma, que tiene escrito que no la dañen, no la tiren, no la lastimen. Es mi única compañía. Ojalá no le hagan nada. Si no les caerán 70 años de maldiciones que yo les enviaré con el permiso de Dios. El menú de la cárcel es tan feo que ni la perrita lo quiere comer”. Después de recibir la visita de sus hijos, el domingo 3 de junio de 2012: “Estoy tan opa, tan lela, tan idiota, partieron y partió mi vida con ellos, de a trozos, fue un día helado”. A los jueces y testigos del juicio siempre les dedica palabras secas, agresivas: “Me tienen seca, patilluda, harta, podrida. Me paro frente al espejo y no me veo”.

Familiares de desaparecidos en el juicio de la Magacausa La Perla, que condenó a Cuca, a Menéndez y más 25 genocidas a cadena perpetua
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*

La falsa amiga de Facebook

Mirta Antón aceptó que le hiciera todo tipo de preguntas, pero ninguno de sus tres hijos quiso que lo entrevistara. Sólo Letizia, su hija mayor, me dijo escuetamente: “Ella fue padre y madre de nosotros. La mejor madre del mundo”. Un día le pregunté a Antón si podía entrevistar a alguna amiga de su infancia. “Voy a hacer el intento de contactarte con una”, me dijo. En noviembre, mucho después de mis encuentros con ella en el pasillo de los Tribunales, una mujer llamada Cecilia Castro me pidió amistar por Facebook y me escribió un mensaje privado. Sin presentarse ni saludar, lo primero que escribió fue esto:

―(Cecilia Castro) ¿Qué necesita saber usted de Mirta Antón?

―(Rodolfo Palacios) Hola. ¿Usted la conoce?

―(CC) Absolutamente. Pregunte lo que necesita y le responderé fehacientemente.

―(RP) ¿Cómo me contactó?

―(CC) Ella me dijo que quería entrevistar a alguna amiga. Mirta es mi hermana del alma. Ella sabe todo de mí. Y yo de ella. Como madre fue una madraza, les dio a sus hijos los mejores colegios. Y como persona es excepcional, solidaria, buena madera. Crió a sus hijos sola.

―(RP) ¿Hace cuántos años que la conoce?

―(CC) Somos amigas desde niñas. Hemos cursado la primaria juntas. Hemos tenido una infancia muy feliz, como así la adolescencia. Se retiró de la Policía por su familia. Bajó la persiana y se dedicó a sus hijos. Le inventaron hasta el apodo. No es Cuca, es Chelita.

Mientras chateábamos, miré su perfil. No había ninguna foto suya. En sus posteos decía que había tenido visitas en la casa; que era fanática de los zapatos de taco (había fotos de distintos modelos), y solía subir imágenes de animales y de la bandera argentina. Decía que jugaba a menudo al Criminal Case, un juego en el que se investiga un asesinato y se busca al asesino, y el 11 de noviembre había recibido el saludo de cumpleaños de varias personas. El 11 de noviembre es el cumpleaños de Mirta Antón. Uniendo todas las piezas –visitas, zapatos, animales, bandera argentina, cumpleaños‒, entendí que Cecilia Castro era Mirta Antón.

"Sigue defendiendo al sistema monstruoso que la puso ahí. No va a salir nunca de la cárcel. La pregunta es cómo se convirtió en ese monstruo.  (Miguel Robles, policía, investigador de homicidios)

―(RP) ¿Hace mucho que no ve a Antón?

―(CC) Hace un año fui a visitarla y me hizo mucho daño. No volví, pero me contacto con sus tres hijos.

―(RP) ¿Vio alguna vez a la familia completa? ¿A Raúl, Graciela y sus hijos? ¿Eran felices?

―(CC) Sí, por supuesto. Eran un familión. Fueron muy felices y sufrieron mucho la pérdida del esposo de ella. Recuerdo que en febrero se iban todo el mes a Brasil, eran de llevar los niños a la calesita, al parque, paseaban mucho juntos. A su padre también lo conocí, porque mi padre también era policía. Era un hombre muy apuesto y recto.

―(RP) ¿Por qué cree que la acusan de torturar y de matar?

―(CC) Porque su marido, que era quien trabajaba en la brigada operativa, está muerto. La lleva la ley del arrastre. Pero mi amiga es un ser increíble, buena persona, sin malos sentimientos, muy buena vecina, solidaria. Es una mujer con mucha energía y fortaleza. La admiro y lamento mucho esta mentira. Es amante de la naturaleza y los animales. Da la vida por sus perros. ¿Qué piensa hacer con esto?

―(RP) Escribir la historia de vida de Mirta, mostrar su lado humano.

―(CC) Se lo agradezco de corazón, ella no merece esto.

―(RP) Cecilia, no lo tome a mal. Pero siento que usted es Mirta Graciela.

―(CC) ¿Por qué siente eso?

―(RP) Las palabras que usa, lo que publica en Facebook.

―(CC) Es usted muy inteligente, aparte de buen periodista. Este es un secretísimo entre nosotros.

―(RP) ¿Cómo anda, Mirta?

―(CC) Cecilia, querrá decir. Tengo que desconectarme. Espero que haya evacuado sus dudas.

―(RP) Cuando la vea a Mirta, mándele saludos.

―(CC) Se los daré de su parte, serán bien recibidos.

Al día siguiente, Cecilia Castro me mandó un mail con fragmentos de su diario íntimo. En el último de los párrafos había escrito: “Parece que se asomó el amor, para mí y para él, es un paso bello. Porque yo había terminado con mi vida para un hombre, para un compañero, y no fue así. Él me abrió las alas a seguir volando como mujer, él me halaga cada día, él me abraza con sus brazos fuertes, él me hace inmensamente feliz. Ahora esperamos nuestros encuentros para poder realizar la obra de nuestro amor”.

Traté de saber más sobre su noviazgo. Le mandé un mail y ella respondió escuetamente: “Estoy con un compañero de causa condenado a prisión perpetua, aunque no importa la causa judicial, importa el sentimiento de ambos. El amor rompe barreras. No voy a decir quién es. Igual fue juzgado en otra causa. Estoy muy entusiasmada. Esto me ha cambiado la vida. Y pasé de estar muerta en vida a pensar en casarme. ¿Es raro el amor, no?”.

 

*

Sin escrúpulos a la hora de asustar

En marzo de 2014, durante el juicio, Mirta Antón fue expulsada de la sala de audiencias por insultar a una testigo. La mujer que logró enfurecerla se llama María Teresa Sánchez, fue presa política, es abogada de Abuelas de Plaza de Mayo, regional Córdoba, y representa a varios de los familiares de desaparecidos. Fue secuestrada el 24 de febrero de 1976, un mes antes del golpe militar. Estaba embarazada de siete meses y fue torturada en el D2. “¿Conoce a Mirta Antón?”, preguntó uno de los jueces esa mañana. “Sí, le decían La Cuca. La Cuca Antón”, respondió Sánchez. En ese momento, Mirta Antón se levantó de su silla y gritó: “¡Mentira! No me decían así. ¡Bruja mentirosa! ¡Cacatúa! ¡Tutuca! ¡Bruja mentirosa!”. El juez ordenó que la sacaran de la sala. Hablé con María Teresa Sánchez después de una de las audiencias del juicio, el 6 de agosto de 2014. Se sorprendió cuando le dije que estaba entrevistando a Antón.

―Qué raro, nunca dio entrevistas, debe querer fama.

Sentados en el hall del primer piso de los Tribunales, me contó del día en que la vio por primera vez, en el D2.

―Fue en 1976. En un momento, me hicieron subir unas escaleras. De pronto, levanté la cabeza y la vi a La Cuca. Hablaba con otra mujer. Por cómo hablaban ‒una daba órdenes y la otra aceptaba con temor‒ supe que la otra era una prisionera. Las dos estaban embarazadas, tenían panzas indisimulables. A mí ella no me torturó, pero otras mujeres la acusaron de haber tenido una participación fundamental en las torturas.

En 2005, María Teresa Sánchez recibió varias amenazas en su estudio jurídico. Por entonces representaba a dos presuntas víctimas de Antón. Le dejaban hojas en las que se leía: “Te vamos a matar, sabemos dónde vas porque te estamos siguiendo”. “Feliz día del amigo”, le escribieron el 20 de julio de ese año. Sánchez descubrió que en la oficina que estaba debajo de la suya nunca había nadie. Averiguó, pidió los nombres de las personas que la habían alquilado, y surgió lo que sospechaba:

―Figuraba Mirta Graciela Antón. Estaban abajo de mi estudio. Verla en el juicio me impresionó. Sigue siendo la misma. Hablando aparatosamente y descalificando a las víctimas.

 

*

Perfil de una perversa

Miguel Robles tiene una regla que no piensa romper: no involucra sus sentimientos a la hora de investigar. En 20 años como policía trabajó en más de 800 homicidios. En todos dejó la pasión de lado, aun en el caso del crimen de su padre, José Elio Robles, el comisario acribillado en noviembre de 1975. Según la versión oficial, fue obra de Montoneros. Pero en "La Búsqueda", el libro que escribió, Miguel Robles dice que los asesinos fueron miembros del D2. Robles está de visita en Buenos Aires para participar de una exposición de armas: es un tirador experto, capaz de destrozar la tapita de una gaseosa a 70 metros. Se sienta a una mesa de la vereda, en Corrientes y Uruguay, a cinco cuadras del Obelisco, y pide un café cortado. Cuando un vendedor ambulante se acerca, se pone tenso. Es un policía con prestigio. Hizo cursos en el FBI y estudió técnicas de perfilación de la criminología alemana. Una de ellas es el análisis de la declaración espontánea. Cuando le cuento que Antón tocó mi tatuaje y me investigó, dice:

―¿Viste mi reacción ante el vendedor ambulante? Me traicionó la declaración espontánea. Como policía, cuando alguien se acerca intempestivamente uno se pone en alerta. Bueno, la reacción espontánea de La Cuca fue investigarte. Forma parte de su esencia. Lo mismo el mensaje que te mandó del hijo, eso de que es tirador. Mentira. No puede ser instructor de tiro a esa edad. Tiene que tener esta tarjeta y dudo que la tenga. La Cuca es del lumpenaje. Del estilo más crudo. Una pistolera muy bajuna. Cumplía roles de ejecución. Hasta cometía errores por su torpeza, como encañonar a un hombre por error porque pensaba que era guerrillero. Era parte de los salvajes que encontraron las fuerzas represivas para transformarlos en máquinas de matar. Esta mujer fue el último eslabón. Mataba policías que podían ser un estorbo. Despreciaba a los que no eran como ella. Es para tenerle lástima. Es una víctima también. Sigue defendiendo al sistema monstruoso que la puso ahí. No va a salir nunca de la cárcel. La pregunta es cómo se convirtió en ese monstruo. Más allá del pacto de sangre, de que todos tenían que matar y torturar y el que no lo hacía estaba en problemas, y de que los más sanguinarios cobraban un extra, algo pasó para que esta mujer hiciera todo lo que hizo.

―¿Es una psicópata?

―Habría que hacerle un perfil psicológico. La pregunta es por qué hizo todo eso. Es difícil saber de qué está hecha La Cuca. Pero su mente debe estar perturbada. No creo que sueñe con flores y pajaritos.

 

*

 

El día que fue detenida

El comienzo y el fin de la carrera policial de Mirta Antón estuvieron marcados por su padre, Herminio. Entró en la fuerza gracias a él y –después de haber trabajado en el D2, en la subcomisaría de Mina Clavero (una pequeña ciudad del interior de la provincia) y en los tribunales‒ en octubre de 1986, cuando él murió de un infarto, ella se deprimió y pidió licencia por enfermedad psiquiátrica. En diciembre de 1993 compró, con su marido, una casa en las sierras, pero el 5 de marzo de 1994 él murió allí, en un accidente, y ella decidió volver a la ciudad de Córdoba, al barrio Jardín, donde puso un criadero de perros. Más tarde, estuvo en pareja dos años. “Después del horror de perder al amor de mi vida, vi una luz nueva –escribió en su diario‒. Comencé a vincularme con amigas, compartíamos cenas y cumpleaños. Mis hijos quedaban siempre al cuidado de alguien, ellos también tenían sus compromisos. Ellos crecieron, se casaron y se fueron de casa. Con el dinero del seguro de mi marido muerto tristemente, me compré un auto nuevo en una concesionaria. Con el tiempo conocí a un hombre, con quien comencé una relación que rápidamente creció para bien de ambos. Pero no prosperó por problemas de convivencia. Yo seguía alejada de la Policía con licencia psiquiátrica hasta que en 1997, el jefe de Policía Máximo Lazcano me citó para ofrecerme un retiro obligatorio que acepté. Mi vida iba cerrando etapas y al mismo tiempo se iba llenando con la llegada de mis nietos”.

La vida de Antón transcurría con tranquilidad hasta que el domingo 28 de junio de 2009, por disposición del juzgado federal Nº 3 de Córdoba, fue detenida cuando se presentó a votar en las elecciones legislativas. Ese día entró en una escuela (el sitio donde se realizan las elecciones en la Argentina), hizo la fila para ingresar al cuarto oscuro, saludó a dos vecinos (la escuela quedaba a dos cuadras de su casa) y esperó el turno. Lo demás lo recuerda en su diario: “La presidenta de mesa era una señorita que conocía de la infancia, su madre tenía una mercería y ella siguió con ese negocio. De pronto en la puerta vi a un hombre, que me pareció extraño, que hablaba por celular. Tenía un rompevientos rojo y azul. Sus movimientos eran ansiosos. En la fila había otras dos mujeres que nunca había visto en el barrio. Mi corazón me decía que algo extraño estaba ocurriendo. Entregué mi documento, pasé al cuarto oscuro y cuando salí me interceptó el hombre del rompevientos. Me pidió el documento, noté que le temblaban las manos y se identificó como policía. Enseguida aparecieron las dos mujeres de la fila con un sobre que anunciaba mi detención”.

El día siguiente, lunes 29, el diario La Voz del Interior decía: “Siete ex uniformados vinculados al Departamento de Informaciones de la Policía (D2), acusados por la represión iniciada antes de la última dictadura, fueron detenidos entre ayer y hoy, dos de ellos cuando votaban (...) Los detenidos son: Mirta Antón, Juan Carlos Cerutti, Antonio Filiz, Alfredo Bini, Américo Domingo Argüello, Alberto Luis Choux y Eduardo Grandi. (...) Todos ellos están acusados por los delitos de ‘privación ilegítima de la libertad’, ‘tormentos agravados’ y ‘homicidios agravados’ en el marco de una causa en la que se investigan delitos cometidos antes del golpe del 1976, muchos de los cuales fueron realizados por el Comando Libertadores de América, la versión cordobesa de la Triple A”. En cuanto a Antón, el diario añadía: “Esta mujer ya estaba procesada por tormentos agravados en el marco de la causa por las torturas sufridas por policías, pero nunca había sido detenida. Este mediodía todavía estaba en la Alcaidía de Tribunales federales y se esperaba que fuera trasladada al pabellón EP3 de la cárcel de Bouwer, ‘en una celda separada por razones de seguridad’, según dijo a lavoz.com.ar el ministro de Justicia provincial, Luis Angulo”.

Desde entonces, Mirta Antón continúa detenida.

*

La muerte de su marido

El jueves 7 de agosto de 2014, a las nueve de la mañana, me encuentro por tercera vez con Mirta Antón en los Tribunales de Córdoba. Hoy no hay audiencia. La han traído hasta aquí sólo para que pueda charlar conmigo. Cuando llego, la encuentro escribiendo en su computadora. Está en una pequeña sala espejada, sentada a una mesa. Mastica chicle y fuma. Le pregunto si puedo leer lo que escribe. Ella me responde:

―Justo escribía sobre vos.

Me pasa la computadora, leo: “Jueves 07 de agosto de 2014: Vuelvo a escribir después de unos días. Hace ya tres días que me viene entrevistando el periodista Rodolfo Palacios. Según sus dichos, procura contar mi otra cara. No el demonio que aparece en los medios, esa figura de única mujer mala en el juicio. Se abocó de lleno a saber de mi familia, amigos, visitas, todo lo que hace a mi vida privada y a la contención que tengo. Hoy 1000 hs espero en el locutorio de debajo de alcaidía, para la entrevista con él. Veremos qué surge de esto, qué es lo que realmente lo ha movilizado al periodista a acercase a mí. No ha perdido detalle alguno de mi persona a ojos vista. Pero también me ha preguntado muchas cosas sobre mi infancia, adolescencia, mis hijos, nietos, la relación que guardo con ellos. Ayer, mientras conversábamos y tomábamos una gaseosa, llegó mi hijo Mariano, uniformado, y tuvo oportunidad de saludarlo. Yo sabía cosas suyas antes de conocerlo, por medios obvios, que no hacen a la cuestión. En fin, estoy a la espera, un poco ansiosa, porque me olvidé de tomar el ansiolítico con el desayuno, pero tengo chicles en la boca y un poco pasa”.

Cuca Antón, la única mujer en Córdoba condenada a perpetua por delitos de lesa humanidad
Cuca Antón, la única mujer en Córdoba condenada a perpetua por delitos de lesa humanidad

Me siento raro. He venido a Córdoba para entrevistarla y escribir sobre ella, pero ella me gana de mano y escribe sobre mí. Antón sabe que no tenemos mucho tiempo más. En pocos minutos, un guardia vendrá a buscarla y probablemente no volvamos a vernos nunca. Le pregunto por su marido, porque no quiero irme sin saber cómo murió.

―Ya te dije. Es muy triste esa historia. ¿Querés que te cuente?

―Sí.

―Fue una muerte absurda. Ya pasaron 20 años. Fue el 5 de marzo de 1994. Habíamos comprado una casita precaria en las sierras. Nuestro plan era envejecer ahí. Un día, antes de inaugurarla con amigos y familiares, fuimos con mis hijos y una compañerita de mi hija mayor. Después de almorzar, mi marido y yo nos dedicamos a limpiar la pileta para que los nenes se metieran. Las chicas patinaban en rollers y el chiquito jugaba con sus juguetes. Mi marido entró en la pileta para levantar las hojas que había en el fondo. ¿Sigo? Lo que pasó es terrible…

―Siga…

El tocó el carro aspirador con las manos y el aparato cayó al agua y las manos de mi marido quedaron pegadas al carro. Todavía puedo escuchar el grito. En la desesperación, tomé la paleta de barrer hojas, pero el cabo era de aluminio. Le pegué en las costillas, pero en lugar de desprenderlo me quedé adherida. La compañerita de mi hija tiró del cable y así se desconectó la máquina. Fui a parar a un costado de la pileta y él, desde adentro del agua, balbuceó: “Los chicos”. Después se hundió. Lo sacamos como pudimos, pero era tarde. Me sangraban los labios de hacerle respiración boca a boca. No lo pude traer. Se había ido. Lo amé hasta el último suspiro. Después de eso, quise morirme. Pero mis hijos me dijeron que yo era lo único que les quedaba. Durante dos años viví con las persianas bajas. Desde ese día pienso que van a pasar cosas malas.

Sin embargo, la ex esposa de Raúl “Sérpico” Buceta acusó a Mirta Antón de haber causado esa muerte, e hizo la denuncia ante la Justicia, pero la causa no prosperó por falta de pruebas.

―Ella y su hija pensaron que no nos habíamos casado –dice Antón‒. Por eso reclamaron todos los bienes. Como no pudieron dejarme en la calle, inventaron todas esas mentiras.

―¿Qué inventaron?

―Que lo maté, que no fue un accidente. Odiosas e infames, la justicia me dio la razón.

Dice que, desde aquel momento, tiene pesadillas con su marido. Recuerda una: él, sonriendo, se acuesta a su lado y le dice que se vaya con él, que la va a cuidar. Ella le responde que no, que no puede dejar a sus hijos y a sus nietos. Se despiden con un último beso y, entonces, Antón se convierte en un alien y le devora la boca.

―Fue un horror. No me puedo sacar esa imagen de la cabeza. Cuando pienso en ese sueño, enseguida agarro la Biblia y leo. Me fui de la policía en 1988, con un estado depresivo por la muerte de mi padre y con el grado de sargento. Sin él sentí que perdía mi protección y mi guía. Recién me dieron el retiro en 1997, después de la muerte de mi marido. Me dediqué a la casa, a mis hijos, a mis nietos. Estar en mi casa, que tiene un jardín hermoso, siempre fue mi cable a tierra.

―¿Qué hizo, además de cuidar a sus hijos?

―¿Te parece poco ser ama de casa? Bueno, en realidad puse un criadero de perros dogo. Me iba bastante bien. Amo esa raza. Cuando me muera quiero que tiren mis cenizas en las tumbas de mis perros Atahualpa y Amancay, que están enterrados en el Cementerio Parque del Amigo, en Córdoba. Algún día, si consigo recursos, voy a fundar un refugio para animalitos. Ojalá Dios me ayude.

―¿Cuando su marido se retiró de la policía, puso una agencia privada de seguridad?

―No, su padre puso esa agencia. También era policía. Mi marido puso un kiosco. Vendía golosinas y esas cosas. A mí, además de criar perros, me gustaba hacer muñecos de trapo, duendes, brujitas, muñecas. Y me encantaba tejer para mis nietos. Siempre rezo para que no les pase nada.

―¿Es católica?

En la cárcel dejé de ser católica. El capellán dejó de visitarme, nunca supe la razón, y por eso me hice adventista. Recibo a dos pastores todos los sábados. Quiero bautizarme en el río. Los muertos no están muertos sino dormidos, esperando a Jesús. Mi marido no está muerto. A él lo perdoné.

¿De qué lo perdonó?

―De sus infidelidades.

Entonces me dice que a veces lo seguía. Cuando él anunciaba que saldría con amigos, ella le contestaba; “Bueno, que te vaya bien”, pero no le creía y salía detrás de él. Se ponía una peluca rubia, anteojos negros y sombrero. Una noche él le dijo que iría a ver una pelea de box con un amigo y ella lo siguió. El entró a una boite, donde permaneció solo, y ella no se acercó. Al día siguiente, en el desayuno, le preguntó: “¿Cómo estuvo la pelea?”. Él dijo que muy buena. “Mentiroso –dijo ella‒. Fuiste a la bailanta de la Asociación Belgrano. Te vi”. “Estás loca”. Así siguieron las cosas, pero ella nunca lo encontró con otra mujer, aunque años después de su muerte alguien le contó que la engañaba.

"No maté a ninguna. El que estaba imputado era mi marido. Pero como está muerto, dijeron: ¿qué hacemos ahora? Y me arrastraron a mí por cercanía a él. (Mirta "Cuca" Antón)

―Ustedes, los hombres, se delatan solos. Pero a él lo perdoné.

Me mira y sonríe, pícara.

―¿Usted nunca lo engañó? –le pregunto.

―No. Y eso que dicen que yo rajaba la tierra. Como toda piba de 20 años.

―¿Volvió a tener pareja?

―Sí, salí con un buen hombre. Pero cortamos. Éramos muy distintos. Además, el hijo de él fumaba porro. Eso no me gusta. No quería que se juntara con mis hijos. Ellos son sanos, no tienen tatuajes ni se drogan.

―¿Le gustaría enamorarse?

―No. El sexo y el amor son parte de mi pasado. Me gustaría ser libre. Estar preso es horrible, a veces pienso que es mejor que te agarre un cáncer o el sida.

Un guardia golpea la puerta y entra en la sala. Dice que quedan pocos minutos. Antón se apura.

―¿No querés hacerme preguntas sobre lo que dicen de mí?

―Sí, claro.

―Dale, hacelas.

―¿A cuántas personas mató?

―A ninguna. El que estaba imputado era mi marido. Pero como está muerto, dijeron: ¿qué hacemos ahora? Y me arrastraron a mí por cercanía a él. Con esto no quiero decir que él haya hecho algo. Pero de estar vivo, él estaría en el banquillo de los acusados y yo cuidando a mis nietos y regando mis plantas. Los testigos inventan. El juicio es una farsa. Yo lo llamo Circo Beat. Buscan cobrar indemnizaciones del Estado. Nunca un superior me dijo “andá a matar a esa persona o andá y torturá a esa otra persona”.

―¿Y si se lo hubiesen pedido?

―Le hubiese dicho: “¡Andá vos!”. Tengo principios, soy madre, no podría haber criado a mis hijos si hubiese hecho todas esas cosas. No soy asesina. ¿Quién puede creer que una cabo de 19 años va a ser sanguinaria? Tengo mis manos impolutas para poder acariciar a mis nietos.

―¿Vio cómo torturaban y mataban?

―No. No vi nada. Mi marido y yo nunca lastimamos a nadie. Lo juro por mis hijos, mis nietos y la memoria de mis padres, que están en el cielo.

Ya es tarde, y se acaba el tiempo. El guardia abre la puerta y dice que quedan dos minutos. Ella enciende otro cigarrillo y apaga la computadora.

―¿Qué vas a hacer con todo lo que hablamos? –pregunta.

―Escribirlo –le digo.

Entonces me abraza y me desea que tenga buen viaje de regreso a Buenos Aires. El guardia abre la puerta y la escolta hasta el estacionamiento, sin ponerle esposas. Los sigo, me paro junto a la camioneta que la llevará de regreso a la cárcel de Bouwer. Mirta Antón se da vuelta, me saluda con la mano y, cuando sube al vehículo, tropieza, por culpa del taco de uno de sus zapatos, y cae contra la butaca. Sólo porque apoya las manos evita golpearse la cara. El policía la ayuda a levantarse. Ella agradece. Antes de que la camioneta arranque me mira y se ríe, divertida, como si alguien le hubiera contado un chiste.

 

(Texto perteneciente a "Los Malos", un libro publicado en Chile y editado por la periodista argentina Leila Guerriero, donde diferentes escritores retratan a 14 personajes siniestros latinoamericanos)

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